En apenas un suspiro

0
33
Tiempo aproximado de lectura: 3 minutos

El Contador Tárrega.-

Convivimos casi a diario durante cuatro años y medio. Veníamos de diferentes ciudades y entornos. La mayoría de Ciudad Victoria; otros, como yo, de Reynosa. Había de Matamoros, Ciudad Mante y otros lugares. Todos con un sueño, todos con un ideal. Éramos la generación 79-83 de Contadores Públicos de la Facultad de Comercio de la UAT, Campus Victoria. Más de 60 almas rebosantes de juventud y energía, queriendo comerse el mundo de un solo bocado.

Lunes a viernes, de tres a nueve, teníamos una cita con nuestra educación. Llegamos a conocernos bien. Ya sabíamos que cuando “Pelón” preguntaba “¿qué horas son apenas?”, le iba a pedir al maestro de la última hora que nos dejara salir temprano “porque había comido caldo”. Sabíamos que cuando Luis y Servando se encontraban, desde diez metros de distancia o más, uno le iba a gritar al otro “¡Gorda!” y el otro le iba a responder “¡Luisa!”. Sabíamos que la raza le iba a decir al chino Wong, petacón mi compañero, que se sacara los prontuarios fiscales (unos libros pequeños y voluminosos) de las bolsas traseras del pantalón.

En ocasiones, los lazos de amistad “evolucionaron” a niveles superiores y, como suele suceder, los “me caes bien” pasaron al “me gustas” y de ahí al “te amo”. Sin descartar que, como también a veces sucede, en algunos casos todo haya empezado con un “me cae gordo”.

Estaba también la señora Licha. Ella nos llevaba unos veinte años de ventaja en el camino de la vida, pero su corazón no era menos joven que el nuestro y tenía acumulada la energía y el ánimo de todos nosotros juntos. Cuando alguno quería caer en la tentación de dejar la escuela porque le parecía difícil, bastaba voltear a ver a la señora Licha para que la mirada se bajara avergonzada y el corazón se levantara renovado.

Aprendimos no solo contabilidad. Aprendimos a reír y vivir el momento. Los “viajes de estudios” a Acapulco y a Los Ángeles, California, brindaron grandes oportunidades para poder hacerlo. Aprendimos a disfrutar la mutua compañía. En aquel entonces no había “redes sociales”, así que la convivencia tenía que ser persona a persona, frente a frente y sin “photoshops”. Aprendimos a respetar y apreciar a nuestros maestros, uno de ellos recientemente nombrado rector de la universidad. Y aprendimos también a llorar juntos, al  darnos cuenta de que la muerte no respeta edad y a veces llega cuando no debe, o al menos cuando no se espera. Un domingo en la noche que llegué de Reynosa, me avisaron que nuestra compañera Rosa Isela había perdido la vida en forma trágica en una carretera rumbo a su natal González, Tamaulipas. Y una vez más nos dimos cita en la escuela, pero esta vez en un domingo en la noche, para partir todos juntos rumbo a aquel pueblito a decirle adiós a nuestra amiga.

Y así pasaron algunos años. Pronto llegó el momento de graduarse. En apenas un suspiro, ya éramos cinco años “más viejos” y, al menos en teoría, estábamos listos para enfrentar la vida. Ahora sí (pensábamos), “que me avienten el pastel para devorármelo completo”. Lejos estábamos de imaginar que la vida se encargaría de enseñarnos a ser pacientes, y en muchos casos, a ser humildes. Concluyó la ceremonia y el baile, y puestas nuestra vidas como autos en el arrancadero, partimos “a conquistar el mundo” en direcciones diferentes, cada uno en pos de sus ideales y sus anhelos. Por algunos años no supimos unos de otros. Estábamos demasiado ocupados tratando de consolidarnos profesionalmente, edificándonos un futuro y cambiando pañales.

Pero el corazón, que nada sabe de olvidos, de vez en cuando nos hacía preguntarnos qué habría pasado con los demás. Eventualmente nos enterábamos que para tal o cual compañero, la carrera de la vida había terminado, y entonces reflexionábamos en lo que era realmente importante, y comprendíamos que, cuando nos llegara el turno, solo dejaríamos atrás la fragancia de nuestras acciones y tal vez alguna huella en la arena.

Hace unos días, el timbre de la escuela sonó otra vez, convocándonos a reunirnos para festejar el XXXVI aniversario de nuestra graduación. Los autos hicieron un “alto” en su ajetreado caminar y enfilaron, una vez más, a ese lugar que nos congregó por tanto tiempo, nuestra querida Facultad de Comercio. De diversas ciudades de Tamaulipas, de San Luis Potosí, de Querétaro y aún de lugares distantes en los Estados Unidos, fuimos llegando a nuestra cita.

Y al vernos nuevamente ahí, tal vez con más canas y arrugas, pero con el mismo corazón, la alegría fue tan profunda, la emoción tan desbordante, que a todos nos pareció que aquellos treinta y seis años también habían pasado…en apenas un suspiro.

[email protected]

Facebook: El Mensaje en la Botella