El cuarto poder en la era digital

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Marco A. Ramírez.-

Tradicionalmente se ha utilizado el término “Cuarto Poder” para referirse a la influencia que los medios de información ejercen sobre el público, y de cómo ese poder es comparable a los poderes gubernamentales. Cuenta la leyenda que el término se le atribuye históricamente a Edmund Burke (1729-1797), político y escritor originario de Dublín, pero quien realmente lo acuñó fue el también inglés Thomas Macaulay (1800-1859), político, periodista e historiador. En ese tiempo la mención iba dirigida a los periodistas que acudían a cubrir las sesiones parlamentarias; sus notas, al ser publicadas, se podían convertir en gracia o desgracia para los políticos y en diferentes ocasiones se consideró no permitirles acceso al parlamento. Sin embargo, no dejarlos reportar significaba también no dar a conocer todas las cosas positivas que también sucedían, por lo que la decisión final fue aceptarlos como un mal necesario y un arma de doble filo.

Con el tiempo, la influencia de los medios se extendió de una cobertura meramente política a todos los aspectos posibles de la vida: ciencia y tecnología, deportes, arte, cultura, entretenimiento, etcétera. Un clásico caso de cómo el poder de los medios puede dar acceso al poder político es el italiano Silvio Berlusconi, que siendo un magnate de los medios de comunicación los usó en su favor para ser Primer Ministro de Italia en tres ocasiones y actualmente es miembro del Parlamento Europeo; desde el poder político ha podido hacer crecer aún más su poder económico.

En México, el caso de estudio es indudablemente la familia Azcárraga. Emilio inició con una estación de radio en Monterrey y su hermano Raúl fundó el periódico El Universal. Después vendrían los Estudios Churubusco y, a principios de 1970, Televisa. Los Azcárraga encontraron la fórmula para que el poder político los beneficiara con contratos que les dieron, a los involucrados, acceso al poder económico. Lo que el gobierno quisiera difundir, de la forma en que lo quisiera difundir, Televisa lo hacía; historias que “tenían” que ser verdad, se repitieron sin cansancio hasta convertirse en verdad, la “realidad” era lo que el gobierno decía que fuera.

La era digital trajo consigo cambios en la forma de operar de los medios de comunicación, siendo la democratización de la información uno de los más importantes. Con ventajas y desventajas, significa que la información pueda ser emitida y publicada por quién sea y no solamente por las fuentes y canales tradicionales de información en una plataforma de acceso masivo como lo es el Internet, significa que cualquier persona puede opinar o informar sobre un suceso o lo que sea, y publicarlo sin tocar baranda haciendo ejercicio de su legítimo derecho a la libertad de expresión. ¿Qué pasa cuando esa libertad se vuelve libertinaje?

El Internet, la supercarretera de la información, es dominada por grandes corporaciones, que principalmente analizan las interacciones que tenemos con cualquier equipo o dispositivo conectado a la red, para crear y mantener actualizado un perfil digital sobre nuestros gustos y costumbres. Este perfil digital es “el producto” que una vez vendido puede ser utilizado en campañas de publicidad. El costo individual de estar “conectados” es básicamente entregarle a un tercero la información de lo que vemos o hacemos mientras estamos conectados al Internet. Así es como funcionan las redes sociales, la suscripción al servicio “gratuito” implica que estamos de acuerdo con términos y condiciones que en general nadie lee.

Después de los eventos del asalto al Capitolio en Washington, D.C., el seis de enero, el perfil del entonces presidente Donald Trump quedó bloqueado como medida para evitar la difusión de discursos de odio y el reclamo de que la elección le había sido robada. Muchos tendrán la opinión de que estuvo bien y hasta que se tardaron mucho para hacerlo, pero lo que en realidad sucedió es que un grupo de corporaciones le cancelaron al presidente en funciones su derecho a la libertad de expresión. Si eso se lo pudieron hacer a un presidente en funciones, ¿Qué es lo que sigue? Es escalofriante pensar en los alcances.

En un escenario imaginario, diferentes redes sociales cancelan los perfiles del presidente Andrés Manuel López Obrador en la semana anterior de las elecciones, alegando que están protegiendo la democracia. ¿Y el INE? Pues para entonces ya no existe, por eso las redes han salido al quite.

La línea entre la libertad de expresión y el libertinaje es muy delgada. Nuestro derecho a expresarnos no tendría que significar que podemos decir lo que sea y como sea. En cuanto a las corporaciones que dominan el Internet y las redes sociales hay mucho que legislar; en Europa ya se tienen algunos controles, pero en México no se ha hecho prácticamente nada, el derecho de expresión no debería estar en manos de corporaciones que además obtienen ganancias a cambio de nuestra información.

Se dijo primero aquí. En una semana, otro escenario.

Avui no és demá.

 

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