De política y cosas peores

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Catón.-

Misa de bodas en la iglesia. El novio estaba impedido del habla y del oído, de modo que se comunicaba por medio de señas. El sacerdote oficiante le hizo el signo que indica dinero, para lo cual puso en círculo los dedos índice y pulgar de la mano derecha. El muchacho le entregó las arras. Luego el párroco le pidió los anillos, a cuyo fin formó otro círculo con pulgar e índice de la mano izquierda, y luego pasó a través de ese círculo el dedo índice de la derecha. El novio se dirigió entonces por señas a su madre. Tradujo la señora: “Dice mi hijo que eso ya lo hizo hace bastante tiempo, y que aquí no es el lugar idóneo para repetirlo”. (No le entendí)… Don Severiano García, llamado el Chato, fue un recio positivista. Abrevó en el pensamiento del doctor Dionisio García Fuentes, quien fue en París discípulo directo de Comte. En la tumba del ilustre médico saltillense está su busto en mármol, y en su lápida una sola palabra: “Positivismo”. Don Severiano profesó durante muchos años la cátedra de Lógica en el Ateneo Fuente. Este glorioso colegio tenía raigambre liberal, de modo que ahí cuadraban bien las doctrinas de avanzada. El Chato Severiano, a fuer de positivo, creía solo en lo que se puede ver y tocar. Lo demás, decía, era fábula, ficción. Alguien le preguntó una vez qué diferencia había entre física y metafísica. Levantó él en lo alto su llavero y respondió: “Suelto estas llaves. Si se caen, eso es física. Si no se caen es metafísica”. Contundente lógico era el Chato. Su lógica, sin embargo, no era la tradicional, la aristotélica. Desechaba los silogismos clásicos: el barbara, celarent, darii, ferio, cesare, camestres, festino, baroco y demás. Su lógica era suya, particular y propia. Digamos que era una lógica chática. En cierta ocasión hubo de enfrentar las iras de una madre de familia furiosa porque el Chato había reprobado a su hijo en el examen de la materia. “¡No es justo!” -le reclamó, colérica. “Razonemos con lógica, señora -contestó el Chato, imperturbable-. Supongamos que le cae un rayo a su hijo. ¿Es eso justo?”. “No lo es” -replicó, pugnaz, la madre. “¡Pero le cae!” -remachó el maestro, lapidario. El concepto de justicia, en efecto, es huidizo, ambiguo. Ni los romanos acertaron a definirlo bien. Suum cuique tribuere. Dar a cada quién lo suyo. Pero ¿quién dice qué es lo suyo, lo de cada quién? Subjetiva es entonces la idea de justicia. Por eso no incurrirá en injusticia quien diga que el diputado Ignacio Mier, propiedad de AMLO, no supo lo que decía cuando dijo que se debe poner la justicia por encima de la ley. La justicia es una abstracción que puede quedar librada al arbitrio de cualquiera. La ley, en cambio, es una norma escrita que no está sujeta a la voluntad de nadie, a menos que sea un dictador, sin agraviar al presente. Del texto de la ley deriva la seguridad jurídica; de la falsa aplicación de la justicia puede nacer la tiranía. Hacer a un lado la legalidad para imponer la idea personal de lo justo es cosa de gobernantes populistas que aplastan el orden jurídico y las instituciones a fin de imponer su capricho, su poder. De esos demagogos líbranos, Señor… El nieto mayor de don Pecunio le comentó a un amigo: “Para casarme quisiera encontrar una mujer como la de mi abuelo”. Preguntó el amigo: “¿Como tu abuelita?”. “No -aclaró el muchacho-. Como la mujer con la que mi abuelo se casó la semana pasada. Tiene 25 años y es guapísima”… En la fiesta una señora le comentó a otra: “Estoy buscando un marido”. La otra se sorprendió: “Siempre pensé que eras casada, que tenías marido”. Replicó en tono acre la señora: “A ese es al que ando buscando”. FIN.

 

MANGANITAS

Por AFA

“Faltará agua en el futuro”.

Al oír la noticia esa

un sujeto dijo así:

“¡Señor, ten piedad de mí!

¡Me va a faltar mi cerveza!”.