febrero 24, 2024
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septiembre 14, 2021 | 296 vistas

La verdad a estas alturas, la popular franquicia y saga cinematográfica también televisiva, pero particularmente en cine es tan extensa y está tan consolidada, que incluso permite que las nuevas obras aprenden y toman lecciones de sus predecesoras. Es como si hubiera una especie de “Manual Marvel”, que no solo indicara procedimientos, sino también posibles contingencias y hasta roles para cumplir para cada película o serie.

Dentro de ese panorama, “Shang-Chi y la leyenda de los diez anillos” cumple una función de presentación e introducción, pero también de descanso. Es que, luego de las múltiples novedades narrativas ofrecidas por las series “WandaVision”, “Falcon y el Soldado del Invierno” y “Loki”, y de esa especie de precuela obligada -y algo fallida- que fue “Black Widow”, el filme de Destin Daniel Cretton es como una vuelta a lo seguro y conocido. Y eso que estamos ante una película que no solo debe presentar a un nuevo superhéroe, sino también un pequeño universo propio.

Además de todo lo anterior, debe cumplir con los mandatos de representatividad que indican los dogmáticos parámetros de la corrección política dominante. Pero “Shang-Chi y la leyenda de los diez anillos” aprende de, por ejemplo, “Capitana Marvel”, a no bajar línea de forma muy explícita y, en cambio, incorporar todo el componente asiático a través de las materialidades utilizadas por la narración.

En este caso, con la historia de Shaun/Shang (Simu Liu), un joven que vive una existencia sin mucho futuro en San Francisco, hasta que su pasado lo alcanza y lo obliga a retornar a Asia, donde termina enfrentado con su padre (Tony Leung), un hombre casi inmortal que conduce una misteriosa y poderosa organización llamada Los Diez Anillos. El propio Leung, junto a Michelle Yeoh, desde sus portes de estrellas internacionales, son vehículos a un imaginario orienta que abarca filmes de fantasía y artes marciales, como “Héroe” o “El tigre y el dragón”.

“Olvídate de los cómics”: este es el mejor consejo que puede dársele a un “marvel zombie” de toda la vida que acuda a ver “Shang-Chi y la leyenda de los diez anillos”. Más que nada, porque si ese espectador se ha ilusionado con la idea de ver adaptadas las aventuras clásicas del personaje, la subsiguiente decepción tendrá el efecto de un golpe de kung-fu en la cara. Aparte de la presencia de algún villano clásico, la película de Destin Daniel Cretton guarda menos relación aún con los tebeos que el personaje de Simu Liu con el héroe que los protagonizaba: en lugar de un híbrido de Bruce Lee y James Bond.

¿Es esto una pérdida? Solo a veces. Por ejemplo, en esas escenas de artes marciales cuya estupenda coreografía cae víctima de un montaje y una cámara que las convierte en puro borrón. Si se tienen tragaderas para asumir esto, las virtudes restantes no son pocas: un Tony Leung más que a la altura como villano trágico, la capacidad de la actriz Awkwafina para ponerle sal a la escena más insulsa y un sentido del humor que, si bien no bate récords de finura, tampoco se somete a la autoparodia, siendo esta cinta muy apta para todo público.

Mi ocho de calificación a este filme, que lo cierto es que “Shang-Chi y la leyenda de los diez anillos” con el personaje principal que aunque en apariencia sea un aparcacoches de hotel sin ninguna ambición en la vida, Shaun guarda un secreto: su verdadero nombre es Shang-Chi, y es el heredero de un antiquísimo imperio criminal cuyo líder le quiere de vuelta. Shang-Chi parecía más destinado a una teleserie que una cinta para ampliar el universo Marvel.

Sin embargo, y más allá de que pueda pensarse en una no menos astuta operación comercial-social para dar a la comunidad asiática norteamericana y al mercado chino lo que ha sido “Black Panther” para la afroamericana, la irrupción de este personaje que combinó la fantasía y psicodelia orientales cortesía de Jim Starlin, uno de sus creadores junto a Steve Englehart, a quien la película de Destin Daniel Cretton homenajea convirtiendo el hogar místico de la madre de los protagonistas en una versión Hayao Miyazaki.

Esta cinta va de menor a mayor, a medida que va dando carnadura a los protagonistas y progresando con los conflictos que plantea. Si el ser un filme que apenas si tiene algunos lazos concretos con el Universo Cinemático de Marvel le juega a favor para avanzar con bastante autonomía; también necesita de ese espectador marveliano que le perdone unas cuantas arbitrariedades y cabos sueltos en su argumento. Shang-Chi es una película tan efímera como aceptable que se hace querer.

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