Catástrofe musical

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El Contador Tárrega.
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El Contador Tárrega.

Les juro que yo le entendí a Cadena que solo era una reunión informal de exrondalleros para echar unas “rolitas” y recordar viejos tiempos, pero al llegar a ese centro social quedé helado al ver un letrero que decía: “Concurso nacional de rondallas y estudiantinas”. Y yo que me había ido con una camisa de un color azul horrible que parecía bata de hospitalizado del Issste.

Ya en el interior vi algunos de los concursantes. Estaba la rondalla “Buena Onda” de San Luis Potosí (“ridículos –pensé yo– ¿quién le pone un nombre así a una rondalla?”). Estaba un grupo de infantes, Los Niños Cantores de Atotonilco. Y también la estudiantina “Gorgoritos Silvestres” (sin comentarios) de la ciudad de Guanajuato. Entre otras.

El evento arrancó, se anunció a la representante del gobernador, que resultó ser Lulú, la prima de mi esposa. Empezaron las presentaciones. El requintista de los niños cantores se aventó un arpegio con la guitarra que ni en mis mejores épocas podría yo haberlo hecho. Llegué a la conclusión de que aquellos no eran niños, eran enanos. Es más, casi estoy seguro de que a uno de ellos, a la distancia, hasta bigotito le vi.

Las siguientes presentaciones fueron in crescendo en calidad musical. Mis amigos y yo solo nos veíamos unos a otros con semblantes descorazonados. Y temiendo que nuestra presentación sería una catástrofe de proporciones descomunales –cosa que posteriormente se confirmaría– empezó la desbandada. Horacio Ortiz arguyó que había recibido una llamada urgente de su notaría y emprendió la graciosa huida. Carlos Santos se puso a darle chupaditas a su cigarro electrónico como si fuera inhalador de asmático y también se desapareció. Tomás Ortega salió con que andaba afónico y se dedicó a galanear como en sus mejores tiempos, cuando todavía tenía pelo, difuminándose entre la gente. Y el Güero Conejo se hizo eso, practicando también el difícil arte del escapismo con una destreza que hasta el Gran Houdini le hubiera envidiado. Solo quedamos Juan Carlos Cadena, Rodolfo (Fito) Vivián y yo.

Cadena traía un saco de su papá, un señorón enorme. Le tuvo que doblar las mangas para poder tocar. De largo, le llegaba casi a las rodillas. Fito traía unos lentes Rayban oscuros y portaba un saco de cuadros arremangado, ajustado y rabón. Parecía “padrote” de algún bar de quinta categoría. Yo, ya mencioné las irrisorias fachas que me enmarcaban. Y no mencioné el pantalón aguado que llevaba, que parecía sacado de alguna película de “Resortes” o de “Tin Tan”.

Sugerí que cantáramos “Sabor a mí”, pero dijo Cadena que se iba a rifar una serenata con el grupo ganador, y que si ganábamos quería cantar esa canción en la serenata. Pensé que mi carcajada había resonado en todo el recinto, pero no, solo retumbó en mi cabeza.

Nos anunciaron. “Y ahora, de la ciudad anfitriona, LA RONDALLA DE LA PREPARATORIA JOSÉ DE ESCANDÓN!!”. Aplauso atronador. “Mejor espérense y ya luego ven si nos quieren aplaudir” pensé yo. “¿Cuál cantamos?” (era en silencio la pregunta entre los tres). “Ya sé – les dije en voz baja– para animar a la gente cantemos La Mal Pagadora”. Y le entramos. Para no hacerles el cuento largo, Cadena no recordaba la letra y Fito no recordaba el requinto, así que por más enjundia que le pusimos, los aplausos al final estuvieron muy al nivel de las caras de pena ajena del público. Pero pasamos el trago amargo lo más dignamente que nos fue posible.

Antes de anunciar la premiación, cada integrante pasaría a tomarse foto con la representante del gober, mostrando un papelito que nos habían dado al principio: nuestra constancia de participación. Con los nervios de todo lo vivido, yo había doblado, estrujado y masticado mi papelito, así que cuando lo saqué de mi bolsillo era ya solo un hilacho, un remedo de papel. Alcé la vista y vi que Lulú se había dado cuenta de aquello y me miraba con iracundos ojos que a las claras me decían “más te vale que consigas un papel decente, o yo me encargo  de que te expulsen hasta del círculo familiar”. A mi lado estaban unas niñitas de uno de los grupos. Le pedí a una de ellas su papel y disimuladamente intenté cambiárselo por el mío, pero ella se dio cuenta y me arrebató su hoja. Busqué entre las demás a ver si había alguna despistada, pero creo que ya se habían corrido la voz y todas me miraban con marcado sospechosismo y aferraban con fuerza su constancia.

Oí que al micrófono dijeron mi nombre (seguía yo). Miré mi hilacho de papel, las insolentes niñitas que me veían con desconfianza, la mirada asesina de Lulú, comencé a sudar, y todo me empezó a dar vueltas. En ese momento, no saben, no se imaginan cómo agradecí…que el despertador finalmente sonara. Me incorporé y vi que el sudor sí era real. En mi mente danzaba la letra de la malograda canción que rebuznamos, perdón, interpretamos. “Me engañas cobardemente, tú bien lo sabes…”

Ahora me han invitado (en la vida real) a una reunión de mi generación de la prepa y me dijeron “los de la rondalla lleven guitarra para echar unas rolitas”. Voy a investigar bien. No quisiera llevarme la desagradable sorpresa de llegar y toparme ahí con los Buena Onda, los Enanos Cantores o los Gorgoritos Silvestres. Con una vez que haya vivido una experiencia así es más que suficiente. Por muy sueño que haya sido.

He dicho.

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