Maestros flojos

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Ana Medina.
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Ana Medina

Desde el comienzo de la pandemia uno de los sectores más golpeados ha sido el magisterio. Sí, todos conocemos historias donde el maestro no ha dado las clases como debería, no han cumplido con su horario o con sus actividades para el logro de los aprendizajes de sus alumnos, pero la verdad es que son los menos. Aunque en una sociedad como la nuestra que critica hasta lo que no, la verdad es que aplica totalmente el refrán: “pagan justos por pecadores”.

La estrategia presentada por la autoridad educativa para el regreso a clases presenciales de manera gradual, segura y voluntaria con el eslogan “No hay tiempo que perder” se deja ver la desesperación por volver a la normalidad.

Realmente si lo que les importara fuera la salud mental de los alumnos desde hace tiempo habrían utilizado estrategias para asegurarse que todos los docentes flojos estuvieran realizando sus funciones. Porque está comprobado que los niños y jóvenes que han recibido atención constante por parte de sus maestros han tenido menores problemáticas.

Hoy apelan como siempre a la vocación del maestro, como si con vocación se pudiera comprar un transformador o insumos de limpieza. Apelan al liderazgo del director como si el autoritarismo de los altos mandos dejara a los directores decidir como proceder con su personal. Apelan a la sensibilización de los padres de familia como si aquellos que perdieron algún familiar por covid no estuvieran completamente consientes de lo que puede pasar mientras los niños y jóvenes no estén vacunados.

Los maestros flojos que no quieren regresar a trabajar de un día para otro porque tienen que volver a encontrar casa de renta en los municipios donde laboran, contratar servicios o encontrar guarderías para sus hijos necesitan la seguridad de una fecha más allá de un ¡YA!

Esos flojos que exigen una fecha de regresa labores presenciales que solicitan un oficio que les de respaldo jurídico en caso de que algo pase y no solamente un mensaje de WhatsApp que ordene a ciegas presentarse en instituciones que no tienen ni los requisitos básicos de sanidad, ni espacios, ni insumos.

Para los maestros flojos que se presentaron en sus centros de trabajo a la instrucción, que cubren su horario y que aparte dan clases virtuales en otro turno, para esos flojos que han venido sosteniendo la educación en el Estado, los discursos de Magda, Monroy y Rigo son una burla.

Las ideas de nuestros líderes son muy bonitas, pero poco claras. Si, todos a las aulas y la gradualidad es para alumnos y alumnas, pero la asesoría y acompañamiento que se ofrece a los maestros flojos solo es verbal.

¿Tan difícil es decir ya todo el personal se presenta a partir del ocho de noviembre? Por decir una fecha. La verdad considero que es que como decían antes “nadie se quiere aventar el tiro”.

Algunos ya estamos en las escuelas, tenemos platilla completa y recursos para cumplir con nuestra labor. Pero el común denominador son las escuelas con carencias de recursos, de infraestructura, necesidades de insumos y con problemas que subsanar antes del regreso a clases. Lo complejo del regreso a clases es la complejidad de las indicaciones que da la SET.

Plantean una larga explicación en video que no resuelve más dudas que un oficio mal redactado, todos leyendo respuestas cuadradas sin explicación y en el chat los mismos problemas sin solución.

Los docentes flojos no necesitamos mas ideas, tenemos muchas; necesitamos apoyo real para preparar las escuelas, para estar vacunados, para que nos respalden en caso de contagios, aunque el semáforo esté en verde. En la fase piloto (agosto 2021) fueron las autoridades las que ofrecieron insumos y protocolos, nadie se los pidió y aún así muchas escuelas han iniciado clases presenciales sin los mínimos requisitos.

Los maestros flojos no deberíamos negarnos al regreso a clases o a cumplir con los horarios y funciones dentro de los planteles, pero alguien tiene que hacerse responsable; considero también que, los directores no deben asumir el compromiso del un regreso a clases presenciales sin el apoyo claro y firme de los padres de familia, pero sobre todo de las autoridades escolares y gubernamentales. “No hay tiempo que perder”.