Rezago educativo

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Ana Medina.
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Ana Medina

Después de 20 meses de pandemia el regreso a las aulas es inminente en todos los niveles educativos y los estragos en el aprendizaje de los alumnos comienzan a notarse.

Para algunos docentes las dificultades de volver a instalarse en sus centros de trabajo se juntan con los cambios de vivienda o de localidades. Hay alumnos (en preescolar, sobre todo) que no han tenido ningún acercamiento a la educación formal y muchos otros que no conocen sus escuelas (porque cambiaron de nivel).

Hay muchas críticas sociales hacia los maestros sobre las “ventajas” de haber trabajado desde la comodidad de casa por tanto tiempo con un sueldo seguro, pero solo cada uno de los docentes sabe a lo que se tuvo que enfrentar para adecuar espacios, habilitar materiales y continuar brindando una educación de calidad.

Obviamente nunca falta el negrito en el arroz y para quienes solamente cobraron sin trabajar pues “que sus alumnos, sus compañeros y la nación se lo demanden” como dice la protesta cuando te gradúas de la normal…

Definitivamente ya no es tiempo de hacer esas críticas, sino de ver ¿cómo vamos a solucionar lo que nos espera?

El rezago educativo es (técnicamente) una condición de atraso para quienes no han alcanzado el nivel educativo que se considera básico, debido a interrupciones en sus estudios o la pérdida de los conocimientos o habilidades ya adquiridas por equis cantidad de motivos.

En el verano una niña que cursó primer año de primaria me contó que ella no sabía leer aún porque “no terminó el kínder”, nadie le avisó que ya iba para segundo grado. Otro día me tocó escuchar una cajera de supermercado quejarse que los útiles escolares estaban muy caros y los niños ni los usaban, no le dijeron que “aprende en casa” no eran solo algunas tareas, sino la educación llevada al contexto del hogar. Hace un par de días leí una nota sobre el periodo vacacional decembrino y una señora criticaba amargamente que “apenas acaban de regresar a clases y ya se van de vacaciones de nuevo” creo que no se enteró de que los niños tenían que haber estado trabajando en casa.

Sé que asegurar que la mayor parte de la culpa del rezago educativo lo tienen los padres podría generar críticas por mi perspectiva docente pero sinceramente no encuentro muchas explicaciones al respecto.

Si a estas actitudes le sumamos la falta de preparación de algunos padres para explicar tareas escolares y las “dificultades económicas” (que yo llamaría prioridades), tenemos como resultado una capirotada de excusas para tratar de justificar que sus hijos no han trabajado en casa ni la mitad de lo que habrían hecho en la escuela en un ciclo escolar.

Claro que hubo excepciones, hay niños a quienes el aprendizaje a distancia se les dio muy bien, pero la mayoría han requerido tener un padre de familia o acompañante para brindar la orientación que virtualmente no puede (o no quiere, en algunos casos) dar el maestro. Y esto es un lujo que no todas las familias pudieron darse.

Este rezago es más notorio en los niveles de educación básica. Los alumnos de educación media superior y superior tienen (teóricamente) la edad y la capacidad de ser autónomos en su aprendizaje, mantiene el interés, es autogestor, por lo que no requiere la dirección permanente de un docente. Pero a temprana edad sí es algo indispensable; por ello me atrevo a decir que si los padres no supieron como orientar esta enseñanza que se volvió su responsabilidad de un día para otro, entonces ahora tenemos muchos aprendizajes no logrados. Aunque las autoridades quieran aparentar lo contrario con esa instrucción tan absurda de “no reprobar a nadie”.

Esta idea nefasta agudizó las actitudes de irresponsabilidad y apatía en algunos padres de familia. En otros casos respaldo la idea de que cuando volvieran a clases los maestros los pondríamos al corriente (porque para eso nos pagan); y sí lo haremos, pero no será sencillo.

Durante este regreso a clases presenciales tenemos maestros de tercero o cuarto de primaria enseñando las letras y las silabas cuando deberían dictar textos completos, enseñando sumas cuando deberían explicar divisiones de dos cifras y fracciones. Por mencionar algunos ejemplos.

Todo aprendizaje es un proceso y no podemos solo volver a las aulas a dar contenidos que no tienen un referente donde anclarse.

Retomar estos aprendizajes no es “tiempo perdido” como algunos creen, no se trata de pasar de año por pasar sino de lograr el objetivo de educación en nuestros alumnos. Esta sí es nuestra tarea compañeros, pero “sino sabemos el sitio hacia dónde vamos, entonces tampoco importará mucho el camino”. Suerte.