Sálvate tú, hunde a todos

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Pérez Ávila.
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Pérez Ávila

Es un abuso ironizar sobre la desgracia. Constituye un acto sádico reír a carcajadas, mediante la caricatura o el editorial, la columna, el artículo de fondo, al abordar la caída de un ciudadano, el que sea. He visto de todo, en el caso de Emilio Lozoya, quien está en muy serios problemas judiciales, por preservar en una práctica deleznable afín, aceptada, tolerada y permitida por la inmensa mayoría de quienes viven, prosperan y delinquen, en el negocio público. Para ese grueso grupo, política es el camino fácil para alcanzar el bienestar personal y familiar, lo demás es descabellado, es lo que llamó, con cinismo explícito, “El Tlacuache”, César Garizurieta, una tontería insoportable: “Vivir fuera del presupuesto, es vivir en el error”.

Emilio Lozoya Austin, nació y creció en un ámbito hóspito, de amabilidad, regocijo y tranquilidad, de la cual fue sacado por Enrique Peña Nieto, para ingresar a lo notable, a lo grande, en la cúpula del poder. Marginó los valores que le inculcaron e hizo, lo que hacen todos, o casi todos, si queremos ser benévolos, cuando se encuentran en su situación.

Al acceder al poder un hombre con ideas radicales para realizar, lo que él llama, adelantándose al juicio de la historia, “la cuarta transformación”, el tan citado Lozoya, fue considerado uno de los objetivos centrales, para exponer la corrupción, la podredumbre, esa lepra moral que desfigura y carcome la piel política totonaca.

Le prometieron ser indulgentes, si colaboraba:

“Hunde a todos. Sálvate tú”.

Todo lo demás, es historia inmediata. La saben todos.

¿Cuál es el origen del cambio? El trato amable. Las consideraciones. ¡La libertad! Todo se vino abajo. Horas, quizá minutos después de que el señor presidente, López Obrador, se mostrara indignado, al responder la pregunta emponzoñada, ¿No cree usted, que es una burla que el señor Lozoya, se exhiba en un restaurante de lujo con sus amigos?

Horas. Tal vez minutos. Pero desde la Fiscalía General de la República, se procedió a solicitarle a un juez, que dictara la orden de arresto y, la reclusión de Emilio Lozoya Austin.

Se lo digo en unas cuantas palabras: Si no es captado en el exclusivo restaurante Hunan, don Emilio no hubiese provocado el enojo del Jefe del Ejecutivo.

En política no existen las coincidencias, según los eruditos del café matinal. Concomitancia entonces, es el caso del ahora caído de la gracia del Gran Tlatoani, Santiago Nieto, quien se desposó con la Consejera del Instituto Nacional Electoral, Carla Humphry, en la colonial Antigua, Guatemala, a donde asistieron selectos miembros de la élite orbital en el poder, entre quienes destacaba Paola Félix Díaz, Secretaria de Turismo de la Ciudad de México, a la cual le confiscaron, 25 mil austeros dólares, los aduanales chapingos.

Nieto y la dama Paola, se vieron acuciados a presentar sus renuncias, ante el escándalo que congestionó de ira, al señor presidente, el cual, por cierto, llevado por las circunstancias, al subir al podio de la ONU, regañó a todos los jefes de estado, por permitir la corrupción y la pobreza inherente.

Otro invitado a la boda que tantísimo revuelo ha causado, el empresario Juan Francisco Ealy Ortiz, llevaba más de 35 mil dólares. ¿Y? Yo digo que es su lana, su marmaja, su dinero, como diría Gardel, sus morlacos. Si una funcionaria, de un gobierno que se jacta de ser austero, viaja con 25 mil o más de cueritos de rana, eso, inteligente lector, sí es bochorno, porque muestra la hipocrecía de un régimen.