En el umbral de la muerte (I)

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Eduardo Narváez López
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Eduardo Narváez López

-Ya no llores Martincito. Ya no llores hijito. Al Bobby se lo llevó Dios al cielo.

-¡No es cierto! ¡No es cierto! –le replicaba a mamá, bañado en lágrimas-. Se lo llevó el camión de la basura al tiradero de la ciudad; yo lo vi ¡pusqué!

-No hijito, su alma se desprendió de su cuerpo, se elevó lejos, donde está Dios y los angelitos.

-Tampoco es cierto mamá. Yo no vi que algo saliera del Bobby.

-¡Ay!, hijo. Hay muchas cosas sobre la muerte que me llevarían mucho tiempo explicarte –dijo, exasperada mi madre, al no encontrar palabras para consolarme; luego expresó: “Te voy a llevar a la iglesia para que te enseñen el catecismo. A tus siete años ya te pueden admitir”.

Mi padre, quien había escuchado todo, intervino en la conversación; se dirigió a mi madre:

-Déjame con él. Trataré de explicarle la realidad.

-A ver hijo, cuando enfermó de cáncer tu abuelita, durante un año, antes de caer en cama, te contó a su manera el porqué moriría. Recuerdas sus palabras, cuéntamelas, te servirán para conformarte.

-Me dijo que desde que estamos formándonos dentro de nuestra madre, ella tiene que cuidarse mucho porque de otra manera no podríamos nacer –con el tiempo comprendí que, aun cuando a mi abuela le gustaba decir las cosas por su nombre, sin eufemismos; trataba de no ser tan cruda todo el tiempo-. Después, recién nacidos decía que éramos muy delicados, por eso antes de darle la mamila a mi hermanito la hervían para que no mamara microbios que lo enfermaran. Que cuando se quedan los niños solos por algún tiempo, lloran porque piensan que algo malo les puede pasar sin los cuidados de mamá. Que los de mi edad tenemos que saber cuidarnos porque podemos morir por un accidente, por enfermedad. Que a veces por más que tengamos cuidado nos enfermamos, como ella, que sabe que, a pesar de medicinas y médicos, podría dejar de existir dentro de poco. Que ella aceptaba morir, así como había gustado vivir. Que tuvo suerte de ser feliz tantos años porque la quisimos bastante. Que sería natural que yo llorara cuando ella muriera; pero con el tiempo viviría en mis recuerdos. Le dije que mi abuelito no pensaba así; que lloraba un montón cuando se morían algunos de sus amigos. En una ocasión le preguntaron en el velorio que si había querido mucho a su amigo. Dijo que sí, pero que no lloraba por eso; sino porque ya pronto le tocaría morir a él. Mi abuela decía que no lo sintiera tanto por él, que casi todos a la hora de la hora, aun unos segundos antes de morir, se resignan, prueba de ello es que en el rostro de no pocos se dibuja una leve sonrisa.

Muchos años después podría, con base en mis experiencias de vida, reconstruir los relatos de mi abuela en cuanto a la resignación:

Mi amigo de la adolescencia, Horacio, manejaba su coche por la carretera. Procedente de México. Poco antes de llegar a Ciudad Mante, donde vivía su mamá, nos paramos a comprar una cervezas bien frías para mitigar el calor infernal de esa población durante el verano. Después de una infinidad de curvas, bajando la sierra, diez kilómetros antes de Mante, Horacio trató de meter el freno un poco para disminuir la velocidad. Dejó de cantar. Observé que bombeaba el pedal del freno. “¿Qué pasa Horacio?”. “Nada Martincillo… digo, nada más agárrate bien que no funcionan los frenos”. Pensé que estaba bromeando. “No juegues mano, que soy cardiaco, ¿es en serio?”. “En serio agárrate a veinte uñas. Fíjate bien y me dices donde ves un terraplén para agarrarlo”. A nuestra derecha teníamos muro de montaña y a la izquierda el carril de regreso y el precipicio. Transcurrieron segundos que se nos hicieron eternos. Bajábamos a toda velocidad. Por fin divisamos una lomita de tierra, como hecha para el caso. ¡Ufff! ¡Fiuuu! Al fin se detuvo el auto. Horacio suspiró fuerte. Cerró los ojos. Al amigo siempre vacilador y alegre ahora se le salían sin querer gruesos lagrimones. “Tranquilízate Horacio. Ya pasó todo. Nada nos pasó. Ya…ya”. Yo me callé cuando me indicó una pausa con la mano.

Continuará…