Criticando a ‘La Casa de Gucci’

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Desde hace muchos años, la obra de un buen director como el veterano cineasta británico Ridley Scott resulta imprevisible, y rara vez en el buen sentido. Si, entre su abismal producción cinematográfica de la pasada década, el realizador ingles supo ofrecernos una joya delirante como “El Consejero” (2013), este año hace doblete con un filme “El Ultimo Duelo” y con “La Casa de Gucci”.

Este drama aspira a ser una obra magna en duración, reparto y ambiciones, pero que acaba haciendo equilibrios en las fronteras del tostón. Scott, siempre fastuoso y meticuloso, hace una perfecta recreación de las décadas en los años 70, 80 y 90 para seguir esta relación tóxica, marcada por la ambición de ella quien, desde un inicio, hizo un plan para atrapar al heredero millonario y convertirlo en su esposo.

En la sinopsis de la trama, esta cinta está ambientada en la década de los años 90, sigue el caso del asesinato de Maurizio Gucci, en el cual se vio implicada al ser acusada de haber contratado un sicario para acabar con la vida de su marido. Tal y como se nos plantea esta película, “La Casa Gucci” podría haber sido la historia de un asesinato cocido a fuego lento durante décadas.

También una saga familiar a la Corleone llena de rencores y codicia o la deconstrucción de esa endogamia consustancial al pijerío merced a la cual una mujer como Patrizia Reggiani (Lady Gaga, efectivamente oscarizable) figuraría siempre como cuerpo extraño dentro de un clan enfermizo y linajudo. A partir del encuentro de Maurizio con Patrizia y su subsecuente relación de pareja, el mundo de los Gucci será sacudido en todo sentido.

Desde hecatombes financieras, hasta letales consecuencias. Tratando de ser todas esas cosas a la vez, la cinta acaba por no destacar en ninguna, aburriéndose y aburriéndonos. Para colmo, los muy forzados acentos italianos del reparto hacen que el visionado en VO evoque la frase “¡ahí va, qué chorrazo!” más de una vez, estropeando interpretaciones interesantes como la de Jared Leto, para mi gusto y criterio personal los únicos que salen indemnes de esta decisión son la propia Gaga y, sobre todo, Al Pacino.

Este largometraje en realidad no nos vende drama de lujo, pero si nos entrega una especie de culebrón televisivo de mercadillo. Basada en eventos reales, “La Casa Gucci” explica cómo se urdió la trama para que la despechada Patrizia Reggiani eliminara fríamente a Maurizio Gucci (Adam Driver) quien, al abandonarla, destruyó sus sueños palaciegos. El imperio Gucci, creado por visionarios italianos, han impuesto durante décadas modo y estilo con la marca que fue cimbrada por el asesinato del heredero Maurizio Gucci, en manos de quien era su exesposa.

Reggiani pasó a la historia como la arribista que destruyó el legado, e hizo que todos los integrantes de la familia quedaran fuera del negocio millonario, que hasta ahora subsiste con prósperas finanzas. El contexto, ambientado por el auge de la música disco en los 70, es la explicación didáctica de cómo se formó la legendaria firma, que hicieron crecer los hijos del fundador, los astutos y enérgicos, Aldo (Al Pacino) y Rodolfo (Jeremy Irons), y que tuvieron que heredar a sus hijos.

Pero sorpresivamente, Scott, de ordinario fino en sus grandes ensambles actorales, ahora parece que se resbala al convertir esta trama criminal en un largo culebrón italiano, que tiene muchos momentos de humor involuntario, como si fuera una comedia negra sobre un hecho deplorable, en el que no queda espacio para la risa. En medio de la lamentable decadencia de esta generación de creadores, todos los personajes se ven en marcha forzada, al hablar en inglés, pero con acento italiano.

Y es que con un reparto tan notable como el que nos presenta, donde además de los ya citados participan Jared Leto como Paolo Gucci y Salma Hayek como Giuseppina «Pina» Auriemma, opta por que sus personajes italianos en la película hablen en inglés con acento italiano. Dependiendo de cada histrión resulta la forma de aproximarse a este estilo. En el centro de la acción se encuentra un show espectacular de Lady Gaga, convertida ya en una actriz protagónica.

Ella es muy bella, provocativa e inescrupulosa, luce en el papel de la inculta consorte que demuestra una intuición natural para la intriga. Porque pacientemente opera para que los familiares se confronten y se desprendan de sus fortunas para favorecerla a ella, con el pretexto de buscar la seguridad para el hogar que ha creado con su manipulable marido. Hasta que la traición es demasiado evidente y el karma se le revierte con desprecio y relego.

Vaya, que esto es toda una telenovela. Lo que viene sucediendo con Ridley Scott es cuando menos llamativo: indudablemente es un tipo al que le gusta filmar; sus películas existen y transcurren, pero no persisten, son incapaces de mantenerse en la memoria del espectador. De vez en cuando exhibe energía y vocación narrativa, como en “Misión Rescate” (2015), pero la mayoría de su cine es efímero, incluso sin un propósito definido más allá de la mera existencia.

Y esto aplica más que nunca a ese larguísimo desfile de modas que es “La Casa Gucci”. Esa sensación de vacío constante que atraviesa la película es un tanto sorprendente, teniendo en cuenta que había mucho para contar. Quizás eso sea parte del problema, porque estamos ante un relato basado en hechos reales que aborda múltiples procesos, figuras históricas y temáticas.

Mi ocho de calificación a esta más que buena cinta “La Casa Gucci” que a diferencia del libro, omite la historia de Guccio Gucci (1881-1953) y la fundación de su imperio de la moda porque se centra en la debacle de sus descendientes. El nombre completo del libro en el que está basada esta entrega fílmica es “La Casa Gucci: Una sensacional historia de asesinato, locura, glamour y avaricia” que fue escrito por Sara Gay Forden y publicado en el año 2001.

Está basado en una investigación en la que invirtió un par de años. Con el respaldo de tres lustros de experiencia como periodista de moda en Italia. De sus hijos Aldo (Al Pacino) y Rodolfo (Jeremy Irons) y muy en particular de su nieto Maurizio (Adam Driver) con el crimen y decadencia en la moda, que parece más un drama de película de televisión porque llama la atención que el director haya dejado que Pacino y Leto se salieran de control.

Al, siempre seductor, aquí luce como “El Padrino” en su etapa de decrepitud, aunque obeso y cascabelero. No se entiende como es que Jared desarrollara su papel en forma de caricatura, con improvisaciones que parecen de comedieta, al convertir a Paolo no sólo en un tipo repulsivo, si no detestable, en una especie de Fredo diluido, sin el carisma de John Cazale.

Salma Hayek, como exótica latina, es convertida en una vidente que asesora, con supercherías y lectura de cartas, a la lastimada Patrizia, a la que incluso le ayuda a concretar sus planes malévolos. Debajo del glamour de la moda, dice Scott, hay una lucha salvaje de intereses corporativos, en el que los mafiosos, elegantes y estrellas de la sociedad, se apuñalan y se tiran zarpazos para quedarse con el gran botín de una industria que produce riqueza interminable.

Parece que “La Casa Gucci” es una película hecha para los viejos, que siguieron en el milenio pasado las desventuras de los ricachones que vivían a todo lujo y quienes, eventualmente, eran exhibidos en sus traiciones y ridículos públicos. Será interesante saber si interesa el público juvenil, que puede ser indiferente a esos temas de escándalos remotos. La película es una farsa vitriólica donde adivinas a Giannina Facio, esposa de Ridley Scott y productora, susurrando al oído del director anécdotas sangrantes.