De admiración, envidia y ‘viboreo’

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Libertad García Cabriales.
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Libertad García Cabriales.-

“Aprender a admirar a los demás es el primer paso para superar tu ego”: Ehsan Sehgal.

Honrar, honra, decía José Martí. Reconocer los méritos de las personas, nos alienta, nos anima, nos conforta. En tiempos convulsos, expresar admiración a quienes lo merecen, es un ejercicio saludable, necesario. No sé usted a quién admire, pero yo considero admirables a muchas personas. En la comunidad, en el estado, en el país, en el mundo; tenemos muchas personas para admirar. Y no se necesita tener grandes puestos, porque a veces los admirables están muy cerca de nosotros y no los reconocemos.

En ese sentido, la Real Academia Española define la palabra “admirar” como tener en singular estimación a alguien o algo, juzgándolos sobresalientes y extraordinarios. Y la palabra “sobresaliente” puede dar motivo a equívocos, pues se piensa que sólo se admira a quienes tienen poder y fama pública, cuando por desgracia muchas veces son quienes menos nos dan motivo de admiración. Piense usted en los políticos de su región, en los alcaldes, en los diputados, los senadores de los últimos años o décadas. ¿A cuántos de ellos admira realmente? ¿A quiénes recuerda y reconoce por sus buenas acciones?

Son contados los políticos admirados y admirables. Ahora mismo, muy lejos de aquí, en Alemania, Ángela Merkel se está despidiendo del poder con grandes honores. Reconocida en todo el mundo por sus logros durante 16 años de gestión, se podrá estar de acuerdo o no con sus ideas, pero la notable política alemana es admirable en muchos sentidos. Otra de las admirables es la Presidenta de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern, una de las políticas mejor valoradas del mundo y la más joven de las mujeres gobernantes, quien a sus 37 ha provocado no sólo el reconocimiento de su pueblo, sino aplauso internacional por su evidente sensibilidad y empatía con las causas sociales. Reconocida por el buen manejo de la pandemia, la admirada Jacinda ha recibido un segundo mandato de gobierno, pero sin dejar de reconocer: soy una madre, no una súper mujer.

En la historia universal y nacional también encontramos muchos ejemplos de personajes para admirar. Pero ahora no nos vayamos tan lejos. Admirables pueden ser también quienes alejados del presupuesto público, ejercen poderosas acciones que no por pequeñas dejan de ser trascendentes. Aurelio Arteta, quien escribió un ensayo sobre la admiración moral (porque también se puede admirar la belleza física, pero de eso no estamos hablando), señala: es más fácil celebrar la excelencia que al excelente y admirar al héroe remoto antes que al cercano. Es decir, nos cuesta trabajo reconocer lo bueno de la gente cercana. Se prefiere el chisme, el rumor, la crítica malsana. Como me dijo una amiga: nomás ve el “viboreo” y los halagos hipócritas de las fotos en redes.

Pero todo eso amarga, envilece, enferma a quien lo hace. Hemos perdido la costumbre de reconocer lo bueno de la gente dedicando el valioso tiempo de la vida en la burla y el morbo hacia los demás. Y luego está la competición. Casa, carro, ropa, fiestas, hasta las calificaciones y las destrezas de los niños son motivo de comparaciones. Pura envidia. En lugar de reconocer y admirar los talentos de los demás, se va la vida en querer tener más y mejor. Y venido a ver, todo eso provoca frustraciones, porque siempre habrá quien tenga más que tú.

Aurelio Arteta nos propone dejar la envidia y admirar a las personas valerosas: “Si no podemos permitirnos apreciar los éxitos y cualidades de otras gentes, nos estamos privando de fuentes de gran capacidad y enriquecimiento interior”. Al admirar las obras de los demás, reconocemos también nuestras capacidades para ser y hacer, porque la admiración exhibe las posibilidades humanas. Además, en toda relación se requiere la admiración. En pareja, en familia, en la amistad, en el trabajo; la admiración es una fortaleza. Ya lo dijo Branden: “la admiración es la base más fuerte que existe en una relación”.

“No hay peor desprecio que no hacer aprecio, dice el refrán. En la envidia y la indiferencia a lo admirable también cancelamos la esperanza en lo humano. La envidia es sólo fuente de amargura. Ya lo decía Kierkegaard: la envidia es una enfermedad disimulada. El envidioso lo es por infeliz. Reconocer las virtudes en cambio, nos levanta, nos sostiene, nos proporciona baluartes para enfrentar el mal, en medio de nuestras humanas imperfecciones. No sé usted a quién admire, pero ojalá tenga siempre a quien admirar. En tiempos de pandemia hace más falta que nunca. Ya lo dijo Camus: “Algo se aprende en medio de las plagas: hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio”.

En fin. Cada quien decide qué hacer con su corta vida. Admirar o mofarse. Reconocer o “viborear”. Apreciar o despreciar. Por cierto, ¿usted a quién admira?