Lelo

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Pérez Ávila.
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El Contador Tárrega

En 1975, cursando yo el tercer año en la secundaria Escandón, se realizó el cambio de edificio, del centro, a la colonia Aztlán, donde actualmente se ubica. Probablemente los directores pensaron que los alumnos teníamos alma de maratonistas, o simplemente ellos tenían alma hitleriana, el caso es que en un evento que bien podría haber formado parte de los sangrientos espectáculos del circo romano, nos hicieron caminar de un edificio a otro, en plenas horas matutinas de un hermoso día soleado (que a medio camino ya no nos lo parecía tanto).

Hubo varios desmayados en el trayecto. Los que finalmente logramos llegar, lo hicimos en un estado lamentable, lengua de fuera y balbuceando incoherencias. Entre ese sufrido contingente estaba un compañero al que apodábamos Lelo, de quien podría pensarse que la insolación lo dejó en tal estado de “lelitud”, pero no, lo cierto es que él ya venía defectuoso de origen.

 

UN COMPAÑERO SINGULAR

Lelo hacía muchas “leladas”. Un día salió con que él se podía “auto hipnotizar”. Extendía su brazo con el pulgar levantado, se le quedaba viendo y entonces (según él) caía en un profundo trance, como si estuviera dormido, pero con los ojos abiertos, y hacía lo que los demás le decíamos (bailar, ladrar, echar cabriolas, etc.). En uno de esos “trances”, alguien le dijo que le diera un beso a una compañera que iba pasando, y ni tardo ni perezoso, se le fue encima con maniática mirada. La muchacha, viendo venir sus negras intenciones, comenzó a correr por todo el patio de la escuela y Lelo detrás de ella, mientras todos nos desternillábamos de risa. Así lo pusimos varias veces a corretear muchachas y Lelo fielmente obedecía. Eso sí, cuando alguien le “ordenó” que le diera un beso a la maestra de música (amor platónico del 99% de los alumnos), convenientemente “algo” rompió su trance y ya no lo pudo hacer. Finalmente, alguna de las muchachas, en representación de todas las correteadas víctimas de Lelo, lo denunció con el prefecto y se nos acabó ese numerito (lástima, era muy divertido).

Tenía Lelo un amor platónico, Adriana, una chica muy bonita y muy fina que, por supuesto, ignoraba olímpicamente las reiteradas muestras de amor que Lelo intentaba darle. Un día, estábamos todos en clase y se empezó a escuchar un grito desgarrador. “Adrianaaaa…Adrianaaa…”. Ante la interrogante de qué pasaba, empezamos maestros y alumnos a salir de los salones, y vamos viendo a Lelo, parado en el borde exterior de uno de los salones del segundo piso (se había salido por una ventana) mientras el subdirector, al borde de la histeria, utilizaba sus argumentos más conmovedores para tratar de disuadirlo (“Muchacho, ¿qué tienes, estás idiota o qué te pasa?? ¡Bájjjjjate de ahí ahora mismo o subo y te bajo a patadas, hijo de tu rebambaramba!!”). Pero Lelo, impertérrito, seguía mirando al vacío y lanzando lo que parecían ser sus últimos y agonizantes gritos (“Adrianaaa…”). Todo mundo a hablarle a la interfecta, y cuando finalmente la multiaclamada joven llega a donde estaba el inminente suicida, éste le grita “¡Muero por tu amor!”. Y QUE SE AVIENTA EL MUY IDIOTA. Chicas gritando, otras desmayadas, la conmoción total, háblenle a la ambulancia (¿o al forense?), etc. etc. Al día siguiente llegó Lelo en muletas y con una pata enyesada. ¿Y Adriana? ni se inmutó. ¿Qué nunca había visto esa niña ninguna película de amor hollywoodense? Lo que procedía ante esa crujiente (lo digo por la pierna de Lelo) prueba de amor era caer rendida a sus enyesados pies. Pero no, ella siguió ignorándolo. Yo le sugerí a Lelo que le lleváramos de serenata la canción de “Corazón de Roca”, pero no quiso.

 

UN ESPEJO DE NOSOTROS

Solía decir Einstein que la diferencia entre el genio y la estupidez es que el genio tiene límites. Lelo era una prueba inequívoca de tal aseveración. Efectivamente, Lelo rebasó todos los límites. Pero bueno, estábamos en secundaria, empezábamos a abrirnos a la vida y al amor, la música disco comenzaba a brotar y a meterse en nuestra sangre, una de nuestras mayores emociones era que una chica aceptara bailar una “balada” con nosotros, así que yo me pregunto si tal vez, de una forma o de otra, no éramos todos un poco lelos. Yo pienso que sí, quizá unos más que otros. Y es más, casi estoy seguro que muchos, todavía hoy, lo seguimos siendo.

Saludos, mi buen Lelo. Ahora que lo pienso, tal vez te quisimos tanto porque simplemente, solo eras un espejo de nosotros. Aunque a nosotros nos faltó el valor para corretear muchachas… o para aventarnos del segundo piso.

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