Un señor que alguna vez fue grillo

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El Contador Tárrega.
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El Contador Tárrega.

Los discos venían en un empaque de cartón rígido, con una ceja que se doblaba y contenía los nombres de las canciones. Tenían una especie de espiral de dos colores que, al girar en el tocadiscos, ejercían, al menos en mí, un efecto hipnótico. En la portada se veían seis niños en una nube que, a la sombra de un frondoso árbol, escuchaban embelesados a un grillito vestido de frac, con una hoja de árbol a manera de violín, y una ramita como arco para hacer sonar el instrumento. Al iniciar cada disco, a la pregunta de “¿Quién es ese que anda ahí?”, un coro respondía: “Es Cri-Crí, es Cri-Crí. ¿Y quién es ese señor? El grillo cantor”.

Tendría yo tres o cuatro años cuando mi madre me compró esa hermosa colección de discos con los que conocí a este entrañable personaje. Me encantaba escuchar la bien modulada voz del narrador que empezaba diciendo “Cri-Crí es un señor que alguna vez fue grillo”, pasando luego a explicar que, cansado de que le arrojaran “cuanto había de arrojadizo” y de otros inconvenientes, decidió convertirse en señor. Y en mi inocencia yo pensaba “Wow, ¿eso se puede? Qué genial”.

“Pero –seguía explicando el narrador– su alma siguió siendo la de un grillo amante del violín y afecto a visitar los hogares para narrar con música las aventuras que le ocurrieron en lugares desconocidos”. Y así, gracias a Cri-Crí y a su alma de juglar, mi mente infantil se llenó de ilusiones y de fantasías, además de aprender “cosas importantes”.

Aprendí, por ejemplo, que las abuelitas no eran damas viejas, sino muchachas antiguas, y que guardaban cosas maravillosas en su ropero. Entonces, cuando visitaba a mi abuelita, me parecía que podía ver en sus ojos ese brillo de la juventud que se ocultaba tras sus arrugas. Y, por supuesto, le pedía que me enseñara su ropero.

Aprendí que “eso de crecer era una pérdida de tiempo”, y no sé, tal vez fue ahí cuando decidí que, sin importar los años que pasaran, siempre mantendría dentro de mí una parte de mi alma infantil, para seguir disfrutando de placeres tan sublimes como contar o escuchar un cuento. Otras veces reí con los pleitos del comal y la olla.

Aprendí también la importancia de saber trabajar. Eso lo aprendí de un cochinito, “el más pequeño de los tres, un cochinito lindo y cortés, ese soñaba con trabajar para ayudar a su pobre mamá”. Así que me emocioné cuando empecé mi propio “caminito de la escuela”.

Tantas otras cosas aprendí de Cri-Crí que no terminaría de enumerarlas. Cuando en las noches llegaba la hora de ir a la cama, mi madre me cantaba “Buenas noches, hasta mañana, que Juan Pestañas ya va a venir, ponte tu pijama, métete a la cama, porque ya es la hora de dormir”. Y entonces me iba yo, lenta y suavemente, al país de los sueños, a jugar con los Cochinitos y la Patita, a brincar entre las nubes, a bailar con el Negrito Sandía, a tratar de consolar a la Muñeca Fea, a divertirme como enano en el barril desvencijado, y a seguir escuchando cantar y tocar a Cri-Crí, a la sombra del frondoso árbol donde vivía.

Ya siendo yo un adulto, vi la película que se había hecho muchos años atrás sobre la vida de Francisco Gabilondo Soler, el genio detrás del personaje. Explicaban ahí que, durante la Segunda Guerra Mundial, él vio que los niños ya no jugaban como antes; ahora jugaban a ser soldados y matarse unos a otros. Esto lo entristeció profundamente, y ya no quiso escribir más canciones para niños, pues consideró que la guerra los había convertido en pequeños soldados.

No sé qué opinaría él de los niños de ahora, pero creo que en nosotros, los adultos –en especial aquellos que, como yo, decidieron no crecer del todo– está la posibilidad de mantener intacta la inocencia propia de los pequeños. Ojalá que no permitamos que el legado de Cri-Crí se pierda. Ojalá que los niños de ahora pudieran escuchar sus palabras de despedida en el último disco de esta colección: “La vida consiste en educar el esfuerzo, cada día hay que hacer más, cada vez más, pues de esa manera seremos cada vez más ricos, queriendo ser cada vez más buenos”. Hace tanta falta difundir palabras como éstas. Ojalá que nunca falte una madre que, al compás de Juan Pestañas, les ayude a sus hijos a dormir. Y más importante aún, les ayude a nunca dejar de soñar.

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