De fotos, instantes y cumpleaños

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Libertad García Cabriales.
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Libertad García Cabriales.-

En el rocío de las pequeñas cosas, el corazón encuentra su mañana y se refresca: Gibran Jalil.

Hace unos meses, para llenar sus horas de encierro en pandemia, mi madre se dedicó a ordenar las cajas de sus recuerdos. Entre ellas encontró de todo: pequeños objetos, papeles, cartas, un diario personal escrito por mi añorado padre en su temprana juventud donde contaba sus experiencias diarias, incluso sus enamoramientos de adolescente. En una de las cajas había fotos, muchas fotos, que desde su infancia ha guardado con amoroso cuidado. Imágenes con sus guapas amigas de largas trenzas y cintura de avispa, fotos de mi padre deportista, delgado y apuesto como siempre fue; y por supuesto fotos de sus hijas y nietos en diversas etapas de la vida.

Entre sus fotos, mi madre ha encontrado a sus casi 90, la feliz nostalgia de un pasado que le habla en paisajes, rostros y sonrisas. Muchos de ellos ya no están, pero las fotografías, como bien dice Muñoz Molina, hacen visible lo invisible. Cuando mi madre posa sus ojos en ellas, no sólo ve retratos; siente memorias y reafirma el valor de cada instante. En portugués, hay una bellísima palabra definiendo esa agradable nostalgia: “saudade”. Un sentimiento estimulado por la distancia de algo o alguien amado que, sin embargo, te hace sentir bien. Añorar, dicen los portugueses, también puede ser una tarea placentera.

Con esa “saudade” dentro, en esta pandemia mi madre se ha enfrentado a sus recuerdos, los buenos y no tan buenos, como tiene todo mundo. Sus cajas son un tesoro que no cambiaría por nada, porque ahí está el testimonio de lo existido. Nuestro Mante amado y su tiempo de progreso por ejemplo. Las fotos pequeñitas en blanco y negro con escenas en las calles y  los ríos, las instantáneas de “La Pantera”, aquel peculiar fotógrafo mantense, quien dejó miles de fotos como testimonio invaluable. Toda una historia se puede construir con los objetos de mi madre, con ese entramado de instantes compartidos guardados en una caja. Aquellas pequeñas cosas, diría Serrat, que nos dejó un tiempo de rosas.

La fotografía, dice Susan Sontag, es rito social, instrumento de poder (asómese a las campañas uff), pero también es “memento mori”, advertencia de nuestra mortalidad. Además es un arte, por supuesto, gracias a los maestros de la lente, quienes con su mirada retratan el mundo visible e invisible. Pero también las fotos cotidianas, las captadas en nuestras casas, con nuestra gente, en los lugares donde se detiene el tiempo para atrapar el instante. Como mi madre, yo también tengo mi guardadito con papeles, cartas de amor y fotos de familia, que igual atesoro como testimonio de nuestra pequeña historia. En ellas veo, tocada también por la “saudade”; la mirada de mis hijos cuando niños, sus primeros pasos, las vacaciones, la bicicleta en la plaza, las típicas piñatas, los vestidos bordados por mis manos, los entrañables rostros familiares. Al ver fotos y objetos del pasado somos capaces de sentir el aroma, el clima, la emoción del momento.

Pero ay, realidad posmoderna, ahora ya no hay fotos impresas ni pequeñas cosas guardadas en un cajón. Ahora todo está en nuestras “chunches” electrónicas y ya no imprimimos, con el riesgo de perder esos instantes fugaces, pero también esenciales para la memoria. No se diga los jóvenes, que disparan con ansia repetidamente la lente, pero nada guardan, aligerados como ahora van, a veces por desgracia vacíos, sin bagaje que los sostenga. Las nuevas generaciones, hijos de la sociedad del consumo y del olvido, no son acumuladoras y eso es bueno, pero compran y desechan todo el tiempo, además están perdiendo el valor de la solidez, de la raíz y sin ello nada se sostiene.

Tal vez sea mi formación de historiadora, mi interés por la memoria sentimental, por lo cual valoro ciertas cosas. Porque “no es la fotografía, sino la vida lo que importa”, diría Cartier-Bresson. No es el papel, sino las palabras. No es la flor preservada, sino la emoción. No es la guerra, sino la conciencia de ella. Así como los museos se significan por la recuperación y difusión del origen, cada familia puede preservar su propia historia. Y no se trata de grandes baúles repletos, pero no podemos olvidar el valor de ciertos objetos para reafirmar nuestros vínculos emocionales y construir identidad, pertenencia, orgullo.

Hoy mismo, mi memoria sentimental se instala en un día 18 de enero, cuando a las cinco de la mañana me despertó el primer dolor de parto que me haría madre por segunda vez veinte minutos después. Y me asomo a las fotos de mi cajita y encuentro la mirada de mi Priscila recién nacida, con sus ojos abriéndose a la vida. Y recuerdo los amaneceres a su lado, su mano junto a la mía, los llantos, las alegrías compartidas hasta hoy. La eterna memoria de un incondicional amor. Te amo mi Pris. Que tu foto feliz de hoy dure toda una vida buena y larga junto a tus amados. Feliz cumpleaños hija de mi corazón.