Encender el fuego

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Pérez Ávila.
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El Contador Tárrega.

En un curso que di recientemente a un grupo de profesores, iniciaba reflexionando sobre esta frase: “La educación no tiene tanto que ver con llenar la olla, como con encender el fuego”. Y comentaba que a veces nos preocupamos más por “zambutirle” en la cabeza al muchacho todo el contenido del temario, sin damos el tiempo de buscar maneras de hacer que el estudiante se “apasione” por esa materia, que le encuentre el gusto, que se entusiasme con ella. Nos preocupamos más por llenar la olla que por encender el fuego, cuando debiera ser al revés.

En su libro “Universidad 2.0”, el doctor Rafael Rangel, rector del Tec de Monterrey, platica la experiencia que tuvo al visitar dos empresas importantes, una en Alemania y la otra en Japón. Él les preguntó a los directores de ambas empresas, “Si yo fuera rector de una universidad en su país, ¿qué recomendaciones me haría usted para educar y enviar a su empresa mejores profesionistas?”. Menciona que, para su sorpresa, la respuesta de ambos empresarios fue: “Enseñen a sus alumnos a pensar y a aprender por sí mismos; además, enséñenles liderazgo y a trabajar colaborativamente. Todo lo demás se los podemos enseñar en la empresa”.

Encender el fuego en el corazón de los muchachos va más allá de “retacarlos” de información para que la memoricen como robots. Implica motivarlos a hacer eso que dijeron estos dos empresarios: pensar, razonar, investigar, solucionar problemas, cualidades que, junto con su preparación académica, se convertirán en aliados de ellos para poder triunfar y sobresalir en el competitivo mundo empresarial de esta época.

Hace un par de años conocí a un ejecutivo que ha tenido logros importantes en el sector industrial de esta ciudad. Cuando me presentaron con él, me preguntó si era algo de la maestra Tárrega (mi madre) y emocionado, me platicó lo siguiente: “Ella me dio clases en la secundaria Escandón. En una ocasión, desanimado, dejé de ir a la escuela, ya no quería volver. Por varios días, me dediqué a andar de vago con la ‘razilla’ de mi barrio. Una mañana, estaba en mi casa viendo la televisión y llegó un taxi; de él bajó la maestra Tárrega. Había ido a buscarme hasta mi casa. Habló mucho rato conmigo y me hizo ver que yo tenía mucha capacidad, pidiéndome que no la desperdiciara. Volví a la escuela y ahora mire hasta dónde he llegado. La verdad, no sé dónde andaría ahorita si su mamá no hubiera hecho lo que hizo.”

Para encender el fuego en el corazón de los muchachos, necesitamos interesarnos en ellos como personas, y verlos, no como lo que son, sino como lo que pueden llegar a ser. Acciones como la que hizo mi madre no van incluidas en el cheque de nómina, pero no nos resultan difíciles de hacer cuando logramos ver a los alumnos como seres humanos y no solo como un número de matrícula.

En otra ocasión leí: “Los maestros son los “chefs” del conocimiento, pero cocinan para comensales que no tienen apetito. Cualquier madre se vuelve un poco paranoica cuando sus hijos no comen. ¿Cómo podemos esperar tener maestros saludables si sus estudiantes son anoréxicos intelectuales? Es por la salud, tanto de maestros  como de alumnos, que se debe reconstruir la educación. Debemos prepararlos para interpretar la vida, para ser emprendedores, saber cómo elegir, tomar riesgos para alcanzar sus metas y resolver problemas. Si lo hacemos, no solo los habremos preparado intelectualmente, sino que también les habremos dado ventajas competitivas para sobresalir en su entorno”.

George Bernard Shaw, dramaturgo inglés, solía decir: “Para mí, la vida no es una tímida vela. Es algo así como una espléndida antorcha de la que me he apoderado momentáneamente y que quiero hacer resplandecer con el mayor fulgor posible antes de dejarla en manos de las futuras generaciones”. Por favor maestro, no enseñe por dinero ni para matar el tiempo. Haga resplandecer la antorcha y úsela para encender un gran fuego en esas futuras generaciones que tiene ahora entre sus manos.

Invito a todos aquellos que participan en la noble labor de la enseñanza a hacer lo necesario para marcar vidas, para encender el fuego en el corazón de sus alumnos, para ver en ellos el enorme potencial de lo que pueden llegar a ser. De esta manera lograremos una verdadera re-forma (darle otra forma) educativa, asegurando que esta labor cumpla realmente su cometido, pues de acuerdo a sus raíces, educar significa “extraer de cada uno lo mejor que lleva dentro”, cosa que necesitamos con urgencia en este tan urgido país.

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