El árbol

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Alicia Caballero Galindo.
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Alicia Caballero Galindo.-

Hoy me di cuenta que existo, ¡estoy vivo!, tengo un cuerpo que siente, ¿qué cómo lo supe?, de la manera más brusca, pasó a mi lado “algo” que se movía, me pareció que también estaba vivo como yo, pero esa cosa podía ir de un lugar a otro, ¡yo no!  Al pasar muy cerca de mí, la parte de delante de su cuerpo que se encontraba más alta, se dividió en dos y salió algo de esa cavidad que envolvió algunas de mis hojas, tiró con fuerza de ellas, las arrancó de mis ramas y las vi hundirse en el interior de aquel hueco, que de nuevo volvió a cerrarse y otra vez quedó de una pieza, ¡bueno! Sin embargo, se movía de un lado a otro, pero sin llegar a separarse.  La verdad ¡me dolió mucho! Hasta creí que me iba a sacar de mi lugar, en ese momento comprendí que me encontraba atado al suelo, supe que tenía raíces, eran como cadenas que me ataban a la tierra, aunque no eran muy profundas porque soy chiquito. También me di cuenta que había a mi alrededor otros como yo, unos chiquitos, otros medianos y algunos tan altos y tan anchos de su tronco, que difícilmente distinguía sus hojas, pero eran como yo, estábamos en las orillas de una corriente de agua que nos permitía refrescarnos, los que se encontraban más lejos de la orilla extendían sus raíces hasta el agua. Aún dolido por la pérdida de tres de mis mejores hojas, miré que los demás me veían, y en un lenguaje sin palabras, que sólo nosotros entendemos, escuché lo que los más viejos me decían: No te preocupes por las hojas que perdiste, pronto brotarán más de tus ramas, es doloroso que nos las quiten, pero ellos también tienen qué comer para vivir. Una de nuestras misiones es mantener vivos a los que se alimentan de nuestras hojas, pronto crecerás y ya no alcanzarán para cortarlas y podrás crecer, tu misión en la vida será aferrarte a la tierra para no caer y saber extender tus raíces para que nunca te falte el agua. ¿Sabes? De nuestra existencia depende que en la tierra nunca falte el agua, porque toda la que tomamos del río la expulsamos por nuestras hojas convertida en vapor, se eleva hacia el cielo y se convierte en nube, que de nuevo regresa a la tierra en forma de lluvia, somos una estirpe poderosa, un eslabón importante en la vida de la tierra, ¡debes sentirte orgulloso de ser un árbol! Y además podremos perdurar, porque cuando nuestra savia se extingue, miles de semillas se encargarán de mantener viva nuestra especie, con nuevos árboles, algunos morirán antes de ser adultos, pero llegarán los suficientes para continuar nuestra misión. Me sentí angustiado viendo volar a las mariposas y otros insectos a mi alrededor, que en su eterno deambular se posaban en mis hojas. Pero no nos podemos mover de nuestro lugar para defendernos como esas mariposas y esas moscas que despreocupadas vuelan, no podremos ver otros horizontes. Escuché el viejo sabio me decía:

-No es tan malo permanecer en el mismo lugar, al contrario, esos insectos que vuelan se pasan la vida en el aire sin dejar huella de su efímera estancia en la vida, en cambio nosotros nos aferramos a la tierra, alzamos nuestros bazos hacia el cielo y dejamos la huella de nuestro paso, porque la semilla que se propaga nos mantendrá vivos por años, ¡siglos, una eternidad!  Nuestro amigo, el viento, las transporta y ellas verán otros horizontes. Se hizo un silencio que sólo era interrumpido por el suave paso del agua de aquel arroyo en cuyas márgenes vivían los grandes y majestuosos árboles. El ulular del viento, al colarse entre nuestras ramas, cantaba su eterna sinfonía.

Entendí que me faltaba mucho por aprender y me sentí orgulloso de ser un árbol, miré mis raíces las enterré un poco más y me sentí contento de estar fuertemente aferrado a la tierra, que sería fuente de vida y sustento. Me prepararía para ser un árbol fuerte que dejara huella.

¡Cuántas cosas tenemos que aprender de la naturaleza! Qué lecciones de vida nos dan las plantas todos los días, esos nobles y verdes gigantes que en las laderas de las montañas, vemos asidos a las rocas desnudas, árboles que se aferran al ríspido entorno hundiendo sus raíces en busca de sustento y agua y venciendo las leyes de la gravedad, yerguen sus frondas hacia el cielo, ¡majestuosos! se aclimatan a sus dificultades y en condiciones por demás accidentadas crecen y se reproducen dejando huella antes de fenecer. Qué lección de apego a la vida y tenacidad la de los grandes árboles abatidos por los huracanes que aun caídos, con el último hálito de vida y una pequeña raíz que los une a la tierra, dirigen sus brazos al cielo y se aferran a la tierra, ¡no se dejan morir! Cuántas veces cegamos la hierba y ésta resurge a la vida y de nuevo reverdece, al primer beso del rocío.  Las cactáceas atesoran en su seno el agua necesaria para subsistir en el desierto, sabedores de sus limitaciones, sus profusas raíces corren muy cerca de la superficie para capturar la mayor cantidad de agua que les permita subsistir.

¿Por qué los seres humanos nos empeñamos en desear lo que no podemos tener, en vez de apreciar lo que tenemos y no queremos ver? ¿Por qué no utilizamos los recursos a nuestro alcance para construir nuestros sueños? ¿Por qué no pensamos como el viejo sauce, en fortalecer nuestras raíces y dejar huella de nuestra existencia en lugar de envidiar a la fugaz mariposa o a la tenaz mosca, que, a pesar de poder moverse por doquier, no dejará en la tierra testimonio de su fugaz existencia?  Si reflexionáramos y actuáramos como las plantas, que nos dan mensajes de vida, esperanza, lecciones de supervivencia tan simples, pero fehacientes, y que raramente apreciamos por la soberbia de considerarnos especie superior. Pero los vegetales abordaron primero que nosotros el planeta y es seguro que sabrían subsistir en caso de un cataclismo provocado por la especie humana.

Cuando la soledad abrume, cuando las fuerzas flaquean y el desaliento invade, cuando el espíritu se quebrante, sencillamente hay que salir y observar a los árboles que orgullosos se yerguen, mirarlos desde la raíz a la hoja más alta y aprender de ellos. Es necesario aprender de esa hierba que tanto se corta y vuelve a renacer a pesar de la adversidad. El privilegio de la inteligencia puede ser más persistente y, al final de cuentas, la vida envía mensajes de aliento y enseña. Quien sabe escuchar y atender la voz de la naturaleza es privilegiado.