Historia de un sancho… 

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Oscar Pineda.
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Desde el punto más alto del legendario puente Tampico se podía ver el enorme mosaico de colores en el lado sur de la localidad pesquera de Mataredonda, Veracruz.

Eran decenas de techados de lona, láminas, cartón y cobijas de chozas improvisadas por un grupo de “paracaidistas” quienes eran dirigidos por un pseudo líder al que apodaban “El Lobo”, por su aspecto desalmado que se acentuaba con unas cejas pobladas y una barba entrecana que le llegaba al pecho.

Cada tres días Martina relevaba en la custodia de “su terreno” a su marido, para que él pudiera ir a Tampico a descansar un poco, después de la última ronda de vigilancia en la que participaba con una docena de hombres armados con palos y machetes.

Aquella pequeña aldea era una sucursal del infierno y epicentro de la intriga, la pasión y la lujuria.

En aquella calurosa primavera hubo más embarazos en “la invasión” que en todo el norte de Veracruz.

Una noche los hombres de la guardia, una especie de autodefensa o policía comunitaria, corrían de un lado a otro exaltados, dando gritos y agitando antorchas hechas con palos, estopa y petróleo.

El bullicio despertó a todo mundo en la invasión y poco a poco la gente se amontonó afuera de la casucha de Martina, donde aseguraban se había metido un hombre con insanas intenciones.

El chacal, decía don Agripino, jefe de la guardia, se había metido por una rendija de la pared cartón del tejabán donde dormía la joven señora.

¡Sal, desdichado, te vamos a enseñar a respetar a las mujeres!, gritaban enardecidos los vecinos de aquella colonia irregular a la que habían llegados con la ilusión de tener un pedazo de tierra propio.

Los minutos transcurrían y la situación se tornaba cada vez más tensa afuera de la choza. Adentro no se escuchaba nada, solo leves murmullos que avivaban más el morbo de los enardecidos “paracaidistas” quienes amenazaban con derribar la endeble construcción.

Finalmente, una voz de hombre gritó al interior de la casa: “voy a salir, pero déjenme explicar, no es lo que ustedes piensan.

¡Si, por favor retírense, no es lo que están pensando!, dijo por fin Martina con voz temblorosa.

Lejos de tranquilizar a los enfurecidos y curiosos vecinos, la situación se tornó más tensa, pues ahora lo que estaría en juego era el honor del pobre esposo de Martina.

Adentro de la casita la pareja temblaba de miedo pues habían escuchado historias de que una vez los vecinos habían descubierto a una pareja de adúlteros y los habían exhibido desnudos en el “área verde” de la invasión.

Querían explicarles a los vigías y vecinos que no era nada de lo que estaban pensando, pero cada vez que la pareja intentaba hablar los callaban a gritos e insultos.

Ya casi para amanecer Martina tomó la decisión de salir y encarar a los enloquecidos vecinos, que para ese momento se habían inventado todo tipo de historias sobre la reputación de la mujer.

¡Primero voy yo, porque es más probable que por ser mujer me dejen explicarles!, dijo Martina con la respiración acelerada.

Apenas se asomó, una mujer la tomó del brazo y la lanzó al suelo, mientras la turba se abalanzaba sobre la endeble construcción para sacar al impúdico sancho.

Cuando se disponían a tundir al infiel, un muchacho lo reconoció y gritó desesperado, es Chanito, es su marido.

Don Agripino apuntó la luz de su lámpara de mano a la cara del individuo y confirmó que efectivamente era Chano, el esposo de Martina.

Cuando la joven pareja fue cuestionada sobre el enredo, Chano explicó que se había metido al tejabán por un costado porque Martina se estaba bañando y había encadenado por dentro la puerta.

Luego ella contó que por miedo, debido a las historias que habían escuchado y a la forma enloquecida de los vecinos, decidieron no salir y esperar a que amaneciera para que fuera más fácil que reconocieran a Chano.

Saludos!
Oscar Pineda Tapia
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