Aquel 22 de junio

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Mauricio Zapata.
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Mauricio Zapata

El sábado 22 de junio de 1991, me levanté muy temprano y me fui a correr con mi papá.

Corrimos del Hospital Infantil de Victoria a la Villa Olímpica, le dimos 10 vueltas a la pista y regresamos.

Vivíamos en el legendario Fraccionamiento Las Flores.

Era un día especial.

Mi padre era un americanista de corazón. Yo soy Puma incontrolable y visceral.

Ese día jugaban la gran final del torneo.

Ya habíamos vivido juntos aquella polémica final de 1985 y después la de 1989. En la que los amarillos nos ganaron bien.

Pero ese año, es decir, 1991, fue diferente. Muy diferente.

Había gozado ese campeonato desde que inició y en donde el cuadro de la UNAM había ganado todo… sí, fue líder en todo.

El miércoles anterior los Pumas habían perdido.

Mi papá estaba tan emocionado como yo.

El partido fue a las cinco de la tarde. Para entonces ya habíamos comido tacos de carnitas en la casa. Mi papá se había tomado un par de cervezas, y yo a mis 17 años, no tomaba alcohol (delante de mis papás).

Encendimos la tele en el entonces canal 3 local que era la repetidora del canal 13 de Imevisión.

La toma que vi era la de mi ídolo, el capitán universitario Miguel España antes de salir del vestidor. Alguien le da una palmada en la espalda y emprenden él y el.resto del equipo su llegada a la cancha.

Luego pasaron la toma en donde los americanistas se toman la foto. Ese uniforme feo amarillo me enfurecía.

Salieron los Pumas y en el televisor se vio como en el estadio había muchos papeles que habían aventado los aficionados de Universidad.

Comenzó el partido y los nervios estaban de punta.

García Aspe y Vera hacían una pared que tenía que complementar El Tuca, pero Eduardo Córdoba lo fauleó y Arturo Brizio marcó la falta a favor de los Pumas afuerita del área.

Entonces aquel “tucazo” me encendió. Corrí y brinqué. Mi papá permaneció sentado en el sillón. Solo me vio e hizo una mueca.

El partido estuvo lleno de emociones. Mi papá daba instrucciones a sus jugadores. Yo me paraba y me lamentaba alguna jugada fallida. Los dos estábamos en el sillón de la sala.

Muy cerca del final un remate de Edú casi hacía que perdiéramos, pero Jorge Campos la salvó en la raya. Yo reaccioné dándole unos golpes leves en la espalda de mi papá. Él nomás se rió y me calmó: “ya, hombre, es solo un partido de futbol”.
Yo le contesté con un “no, es la final del campeonato, no es cualquier partido de futbol.

El árbitro sonó su silbato y José Ramón Fernández decía: “se acabó, señoras y señores. Universidad es el campeó  del futbol mexicano”.

Grité, brinqué, me emocioné. Me burlé de mi papá y gocé esa victoria, como ninguna otra.

No sé, ese campeonato fue diferente para mí, y recuerdo bien la alineación de la final.

Ni mi papá ni yo nos separamos de la tele hasta que terminó la transmisión, y desde luego, cuando Miguel España alzó la copa.

Tiempo después, no sé, quizás unos 15 años posterior a ese día, un amigo en común con mi papá me comentó algo que me provocó un sentimiento muy especial… me enchinó la piel.

Me dijo que un día antes de aquella final le preguntó que dónde vería el partido y que cuál era su pronóstico para el juego: “¿dónde va a ver el partido, señor Zapata y quién cree que gane?”.

Mi papá, un americanista de toda la vida, de hueso colorado y de corazón amarillo y azul, le contestó:

“Lo voy a ver en la casa con Mauricio, y espero que ganen los Pumas, porque quiero que mi hijo lo goce; lo quiero ver celebrando y feliz con sus Pumas”.

Y así fue.

EN CINCO PALABRAS.- No hay nada como ganar.

PUNTO FINAL.- “La mejor comunión entre un papá y un hijo, sin duda alguna, la da el fútbol”: Cirilo Stofenmacher.

PUNTO FINAL 2.- “Un estadio es un buen sitio para tener un padre. El resto del mundo es un buen sitio para tener un hijo”: Juan Villoro.

Twitter: @Mauri_Zapata