Los Pinos

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Mauricio Zapata.
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Mauricio Zapata 

La primera vez que pisé la residencia oficial de Los Pinos fue a los seis años. Aún estaba el gobierno el presidente José López Portillo.

Mi papá me llevó a trabajar con él ese día.

Era una tarde de viernes.

Se suponía que no habría nada en la agenda. Por eso me llevó mi papá a su trabajo.

Estábamos en la sala de prensa de Los Pinos, sobre la avenida Molino del Rey.

Yo estaba jugando con unos carritos. Mi papá platicaba con los sus compañeros de trabajo que recuerdo eran el señor Santillán (estenógrafo), Villa (fotógrafo), Zaragoza padre (fotógrafo), Zaragoza hijo (estenógrafo) y Mauro López (grabador), entre otros.

Entonces llegó un señor y con una orden dijo: “prepárense porque hay una audiencia con el Presidente. Ahorita. ¡Vámonos!”

Mi papá volteó a verme. Volteó a ver a sus compañeros. Volteó a ver a la gente que estaba allí. Y tomó la decisión.

Agarró su grabadora y me dijo: “Vente, joven. No vas a hacer ruido y te portas bien”.

Yo no sabía de qué se trataba. Metí mis carritos en la bolsa de mi pantalón y me fui corriendo atrás de mi papá.

Entramos por una puerta enorme. Pero muy enorme.

Un soldado, que más bien era un elemento del Estado Mayor Presidencial, saludó al grupo y se me quedó viendo. Yo sentí pánico porque pensé que me llevaría a la cárcel (a esa edad tenía la creencia que los soldados se llevaban a los niños a la cárcel, no sé por qué).

Entonces corrí para tomar a mi papá de la mano. Me la dio solo por un momento y después dijo “no, ahorita no”, nunca supe por qué.

Vi un jardín perfectamente bien cuidado, y también muy, muy grande. Seguíamos recorriendo el lugar por un camino estrecho de cantera que a los lados había prados. Entonces vi la casona. En ese entonces, la casa grande era el lugar de residencia del mandatario. Más tarde, ya con Fox, fueron las oficinas del Presidente.

Pasamos por otras construcciones y llegamos a lo que era la oficina del presidente López Portillo.

Pero de ahí se podía ver una caballeriza con unos caballos hermosos. Una alberca y una especie como de gimnasio.

Llegamos a la oficina y Cristina (no recuerdo el apellido) pero era una de las asistentes del Presidente y el enlace entre éste y su pool de prensa, preguntó: “¿Y este niño qué hace aquí, de quién es?” Sentí miedo. Pensé que me correrían.

Y ella misma respondió segundos después: “Ni me digan, seguro es hijo de Zapata, míralo, está igualito. Lo cagaste, Zapata, es idéntico a ti”.

Esa señora era alta, distinguida, vestía bien; tenía una personalidad impresionante, pero así se llevaba con el grupo de prensa oficial del presidente López Portillo.

Mi papá sonrió y asintió. “Sí, es mi hijo, me lo traje porque pensé que no iba haber nada”.

“Tú haz tu chamba, yo te lo cuido”, dijo y me tomó de la mano.

Nunca me soltó. Escuché una plática que tuvo el Presidente con el entonces gobernador de Guerrero Rubén Figueroa. No recuerdo qué hablaron. Eso duró unas dos horas.

Se salió el Gobernador. Y al Presidente se le ocurrió grabar un mensaje. “A ver, quiero grabar un mensaje”. Y se metieron a una oficina.

Tardaron mucho. Quizás otra hora más. En ese lapso, Cristina me llevó a pasear por la residencia oficial, por los jardines y por otras áreas. Estaba sorprendido.

Después seguía yendo a Los Pinos, o mejor dicho, me llevaba mi papá al menos una vez al mes, porque ahí, a un lado, en la sede del Estado Mayor me cortaban el cabello. O me llevaban al dentista del EMP en los consultorios que estaban justo en Molino del Rey. A un lado de Los Pinos.

Ya más tarde, como trabajador entré a Los Pinos unas dos ocasiones a cubrir eventos del presidente Salinas. Y quizás unas cinco veces más con Zedillo.

Ese lugar que era reservado, que no podía entrar nadie acreditado, que era un lugar especial, está convertido en un verdadero elefante blanco, porque ya ni de museo sirve.

EN CINCO PALABRAS.- Ojalá lo rehabiliten como residencia.

PUNTO FINAL.- “Solo fuimos lo que el destino quiso que fuéramos”: Cirilo Stofenmacher.

Twitter: @Mauri_Zapata