Emboscados a mitad del río

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Ma. Teresa Medina Marroquín.
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Ma. Teresa Medina Marroquín.-

Para millones de mexicanos, quizá podría decirse la mayoría, la ruta de México es, a no dudarlo, un camino difícil y escabroso, pero real hacia la consolidación de la democracia.

Para otros, no obstante, acusados de “conservadores”, el curso que lleva la nación tiene como destino un territorio militarizado, semejante al de Venezuela.

No sería ocioso preguntarle a usted, atento lector, en cuál de ambos escenarios cree que el país se perfila.

Y es que simplemente la impresión y la sensación es que todo México se halla de pronto en un callejón sin salida.

O dicho de una manera más dramática: 130 millones de mexicanos se encuentran -esa es la percepción- como emboscados a mitad del río, aterrados porque la corriente se los lleve y mueran ahogados.

El problema es que van y vienen políticos, pero el resultado casi siempre es el mismo, con algunas honrosas excepciones, aunque el paraíso prometido sigue brillando, pero por su ausencia.

¿Todo esto es resultado de que la nación carece de líderes políticos que conduzcan al gran trasatlántico mexicano hacia un puerto seguro?

Se dice que sí.

Mientras tanto la vulgarización de la política, como uno de los ejercicios más importantes llevados a cabo por mujeres y hombres a fin de darle al pueblo una mayor calidad de vida, va directo hacia el precipicio de las más grandes incredulidades.

Como quien dice ya todo es un desgarriate nacional cuya polarización al rato provocará que nadie sepa hacia dónde quiere dirigirse, pues es tanta la confusión y la calamidad que azotan al país, que ni incorporando puntos suspensivos a la explicación de lo que ocurre acabaríamos por precisar qué es ya lo que todo mundo quiere.

¿QUÉ MÁS? ¡PUES LAS ÓRDENES DE APREHENSIÓN!

En la mayoría de los tres niveles de gobierno se ha perdido el tono moral y su consecuente vitalidad convincente para definir lo que realmente necesita el país.

De repente todo pasó de las promesas a la nada, aparte de sufrir por estos días una inflación brutal que desemboca en una desmesurada alza de precios.

La culpa se la cargan a los rusos y a los ucranianos, ¡fácil!, la guerra tenía que ser, pasando (con todo y pasmos) a uno de los peores escenarios que puede presentar la economía, como el que significa precios altos y constantes agobiados con un crecimiento económico todavía más inferior a los parámetros mínimos.

El colmo es cuando en este macro-contexto se desatan los demonios, las acusaciones, las esperas impacientes de las resoluciones federales en materia electoral y, ¿qué más?, ¡pues las órdenes de aprehensión!, que reales o ficticias espantan y hasta enloquecen al más poderoso.

Previo al surgimiento de las tan ansiadas respuestas finales para las cuales de plano no alzaré la mano, una de las hipótesis es si en el negocio de los partidos políticos y de las mentadas “ideologías” los dueños y gerentes de esas marcas registradas (mantenidas por el pueblo a precio de oro) se creerán la versión absurda de que la población mexicana es una masa de gente oligofrénica.

O sea, se dice que algunos “líderes” políticos suponen que el pueblo de México padece una grave discapacidad mental, y que por tal motivo es necesario darle una mejor utilidad manipulándolo para que sólo vote por quienes a ellos mejor les convenga.

Al fin y al cabo “¡no piensan!”, aunque se quejan de que ese pueblo se multiplica –peligrosamente– en términos geométricos.

Como no hay respuestas claras, sólo nos resta rogar a Dios para que este escenario de horrores políticos no nos lleven a consumir todo lo peor del planeta, cuando lo que se necesita hacer (¿quién se atreve?) es una enorme y urgente catarsis política.

Catarsis que de no darse, México será solamente tema central de todas las bajezas y morbosidades, capaces de atraer incluso un turismo de gustos bastante estrafalarios.

¡Feliz fin de semana!

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