Lic. Ernesto Lerma.-
Después de mucho esperar, “Barbie”, la nueva película de la directora Greta Gerwig, se estrenó en los cines del mundo. No es un estreno que pase desapercibido. Durante todo este año “Barbie”, la película, se ha promocionado de todas las formas posibles, un modelo ahora llamado 360, donde podemos ver la imagen, la idea, los colores, el nombre de la película en donde menos lo esperemos y cuando menos lo pensemos. Más allá de las cualidades de la película, ¿por qué los estudios de cine han optado por hacer insistentemente productos alrededor de juguetes, de videojuegos o de cómics?.
¿Por qué se han dejado de contar historias para convertir a las películas en meros vehículos de promoción de algo más? ¿Es bueno o malo que el cine que veamos se haya convertido en esto? ¿Se abren nuevas posibilidades o se cierran puertas a narrativas mucho más comprometidas, y por supuesto, cercanas a nosotros? “Barbie” es una película que se divide en dos: Una de puesta en abismo del conflicto por la vía de la comedia y otra, de resolución del conflicto por la vía de la discursividad. Las dos fallan. En el primero de estos casilleros hay una comedia que nunca termina de explotar, entre chistes previsibles o, peor, esperables. Porque Gerwig (y su pareja, el reputado Noah Baumbach, que oficia como coguionista) miran todo un poco desde arriba, en pose sobradora, como si quisieran disimular que están haciendo una película para esa empresa del mal conocida como Mattell.
La puesta en abismo del conflicto de “Barbie” es un poco como la del protagonista de “La gran aventura LEGO” o, más recientemente, el de “Free Guy”: Descubrir que el mundo que se habita es una construcción y, para más, autodescubrirse como juguete de otra persona, como alguien carente de independencia. Lo que en aquellas películas disparaba un dispositivo lúdico, aquí enfrenta un problema mayúsculo: Que el objeto de análisis sea una muñeca sobre la que existen miles de reflexiones sociológicas acerca de su rol como constructora de un verosímil estético nocivo para generaciones de niñas. Por eso que la película no puede avanzar sin antes burlar un concepto original y explicarse y exculparse.
Y ahí aparece otra vez la idea de Mirren señalando con el dedo (o con la voz) lo que está mal, al igual que lo hace la adolescente del mundo humano que más que un personaje es una advertencia de corrección política dentro del relato, cono los sellitos que le ponían a las tapas de los discos para señalar que había palabras inconvenientes para menores de edad. De la inteligencia y la sutileza de Gerwig para retratar mundos femeninos en “Ladybird” y “Mujercitas” nada queda en “Barbie”, mucho menos su calidad de narradora en una película que avanza toscamente e irrumpe con ideas que no fluyen, pero que están un poco caprichosamente, como la secuencia musical de los Ken que es bella visualmente, pero no funciona.
Sin embargo, lo que sigue a la puesta en escena del conflicto principal y su resolución es decididamente un cachivache ideológico insostenible, digno de una película con demasiados poderes en pugna: El de los autores independientes prestigiosos; el de Warner buscando una franquicia; el de Mattell permitiendo que se burlen un poco como forma de justificación. En esa última parte el mundo de las Barbies, un matriarcado alegre y afable, pasa a poder de un rencoroso Ken y se convierte en un patriarcado horrible y poco amable (la película nunca se encarga de explicar por qué un matriarcado donde el hombre es invisibilizado es mejor que un patriarcado donde la mujer es invisibilizada).
Y cuando la película avanza hacia una venganza femenina y parece abrazar el matriarcado como respuesta (que podemos discutir, pero al menos sería una toma de posición) se acuerda del tarado de Ken (por cierto, todos los hombres de la película -los del mundo de Barbie y los del mundo real- son idiotas, perversos, viles, sexistas) y le resuelve el conflicto a las apuradas dándole valor para que los muchachos que van a ver la película no se sientan tan manoseados. Y cuando Barbie descubre que es más que una cara bonita y puede aspirar a lo que se proponga (porque en el mundo voluntarista del feminismo de las millonarias hollywoodenses que sienten tristeza es sólo proponérselo; haberlo dicho antes), sale la señora humana para decir que ella no quiere ser jueza de la Suprema Corte ni nada por el estilo, apenas una mujer común y corriente (antes se había mandado un monólogo que rankea alto en el top de la vergüenza cinematográfica).
No vaya a ser cosa que esa exigencia por ser Premio Nobel sea vista también como una presión social desmedida. En definitiva, como dice alguien por ahí, que haya una Barbie para cada una. Y eso es la película hacia el final, un zigzagueo discursivo multitarget que remata con un editado incomprensible, similar en efecto al montaje vergonzoso del final de Babylon. Que al final lo que más bronca me da es ver a Kate McKinnon, Will Ferrell o Michael Cera, todos grandes comediantes, absolutamente desaprovechados entre situaciones carentes de cualquier gracia (aunque lo de Cera bordea el patetismo).
Lo que queda es un diseño de arte bellísimo. Y ya lo sabemos (porque la película encima nos pontifica sobre eso), cuando lo que sobresale es el envoltorio algo no está funcionando bien. Hay un momento de Barbie en el que queda al descubierto un poco su banalidad. Es por la mitad, cuando está dando el giro de comedia poco inspirada a reflexión. Barbie, en su versión estereotipada, está atravesando una crisis de identidad y se autopercibe como una persona sin belleza. Inmediatamente salta la voz en off de Helen Mirren para señalar un problema de producción: Nadie creería que Barbie es fea si la interpreta Margot Robbie. En primera instancia, como chiste, es una canchereada insustancial como lo son el 90 por ciento de los chistes que atraviesan los 114 minutos de película.
Pero en segunda instancia, es un chiste que deja al descubierto tontamente la culpa de todos los involucrados. Tontamente, porque se solucionaba con poner a otra actriz, de una belleza menos hegemónica (para usar un término tan de estos tiempos de términos para fichar en la industria de la buena conciencia), o simplemente con hacer que la puesta en escena logre el efecto contradictorio de una belleza imposible de negar sin que el texto venga a subrayarlo. De esto, del subrayado, hay varios momentos en la película de Greta Gerwig, que es como el máximo nivel de discurso intelectual al que puede llegar la generación woke.
La película del momento resulta ser una experiencia bien abrumadora, existencial y depresiva. Este es casi un paso en falso artísticamente para la carrera como directora de cine de Greta Gerwig, que no puede aquí bien repetir del todo su inteligente mirada sobre mundos femeninos de sus anteriores aclamadas y galardonadas películas como Ladybird (2017) o Mujercitas (2019). Es el público adulto dispuesto a abrirse a la reflexión el que disfrutará este filme divertido, entretenido, pero más que nada inteligente y propositivo. Porque conseguir que el blockbuster fílmico de la temporada veraniega sea además un filme filosamente inteligente, provocador y con una carga social intensísima sobre los roles de género no es cosa fácil. Pero Greta Gerwig lo consigue en “Barbie”.
Mi 7.5 de calificación a esta mas que buena cinta, recordemos la historia de la muñeca barbie, que con su figura esbelta, su cabello largo, rubio y brillante, su sonrisa característica y su ausencia de genitales, es uno de los juguetes más populares de todos los tiempos. Fue creada por Ruth Handler, la cofundadora de la compañía Mattel a partir de una muñeca alemana llamada Bild Lilli y fue presentada al mundo por primera vez en marzo de 1959 en la Feria del Juguete de Nueva York. Casi que inmediatamente se convirtió en un éxito rotundo en ventas y con el paso de los años, se ha convertido en todo un fenómeno cultural que ha sido adorado por muchos, pero también odiado por otros.
Los fanáticos de Barbie saben muy bien que, aunque esta es la primera vez que la muñeca se adapta al cine en una versión de acción real, ya existe toda una saga de películas animadas por computador “directo a video”, que hasta la fecha llegan a 16 títulos y que, en su mayoría, son adaptaciones de relatos clásicos como Rapunzel, Cascanueces o Los tres mosqueteros (todas horripilantes, por cierto). Este proyecto fílmico, que se inició hace 14 años, y por el que han desfilado personas como la guionista Diablo Cody, la directora Patty Jenkins y la comediante Amy Schumer, por fin se concretó gracias a Greta Gerwig, quien escribió el guión junto a su pareja sentimental Noah Baumbach, el genio detrás de “Frances Ha” e “Historia de un matrimonio”.