Hay libros que no se leen, se viven. Se respiran. Se clavan en la memoria como una cicatriz luminosa.
Así fue Robinson Crusoe para mí.
No fue simplemente una novela de aventuras; fue mi primer viaje a un mundo donde la palabra se convierte en puente, en brújula, en salvavidas.
Yo ya había leído antes.
El Principito, por ejemplo, me había dejado pensando en baobabs y corderos en cajas dibujadas. Había hojeado cuentos infantiles con castillos, dragones, y héroes que vencían al mal con una espada y una sonrisa.
Pero Robinson Crusoe fue otra cosa. Fue mi iniciación. No la lectura como pasatiempo, sino como rito. No como historia, sino como descubrimiento.
Tenía 14 años cuando mi papá me puso el libro en las manos. No lo envolvió con moño ni lo acompañó con discurso. Solo me lo dio. Como quien entrega una llave o un mapa.
“Léelo. A mí me marcó”, dijo, y se fue. No hubo presión. Solo una especie de complicidad. De esas que se dan pocas veces entre padre e hijo.
La portada mostraba un hombre barbudo, harapiento, con una escopeta al hombro y una mirada de náufrago eterno.
Empecé a leer con escepticismo. ¿Qué podía interesarme de un marinero inglés perdido en una isla? Pero a las pocas páginas ya era yo quien estaba perdido. Hundido en la soledad de Crusoe, en su miedo, en su astucia.
Aprendí con él a sobrevivir. A disfrutar y no padecer la soledad. A inventar, a resistir, a imaginar. La isla se volvió mía.
Cada página era una conversación silenciosa con mi papá. Aunque él no estuviera en la habitación, su sombra se deslizaba entre los párrafos. Me hablaba a través de Defoe, o tal vez era Crusoe quien hablaba en nombre de todos los padres que alguna vez han querido heredar algo más que consejos.
Me sentí acompañado, aun en la soledad del protagonista y hasta en la mía en aquel entonces. Quizás por eso me atrapó tanto: porque, sin darme cuenta, empecé a entender que leer era también encontrarse.
Después de ese libro, vinieron muchos más. Dostoievski, Kafka, García Márquez, Bradbury, Rulfo, incluso hasta Carlos Cuauhtémoc Sánchez y Cervantes. Más tarde vinieron otros, y después Vargas Llosa, Galeano y mis preferidos: Murakami y Auster. Pero ninguno tuvo ese mismo sabor de primer amor. Ninguno me tomó de la mano con tanta fuerza (bueno, quizás Auster, sí, porque es único). Robinson Crusoe fue mi puerta de entrada, mi naufragio voluntario, mi salvación. Mi entrada al mundo interminable de la lectura.
Hoy, cada vez que veo el lomo desgastado de esa edición vieja, recuerdo a mi papá en silencio, tendiéndome aquel universo de papel.
Agradezco que no me lo haya impuesto. Que simplemente me haya invitado. Que me haya mostrado, sin palabras, que en los libros uno también puede aprender a sobrevivir.
EN CINCO PALABRAS: Los legados son para siempre.
PUNTO FINAL.- “Los recuerdos son fotografías del alma”: Cirilo Stofenmacher.
X: @Mauri_Zapata