Rogelio Rodríguez Mendoza
Son demasiados los indicios y muy visibles los resultados como para regatearle al gobierno de Claudia Sheinbaum el reconocimiento por el giro que ha dado a la estrategia nacional de seguridad. México lo necesitaba. México lo exigía.
En este mismo espacio hemos ejercido una crítica firme —y a veces severa— contra los desaciertos de gobiernos que, amparados en una narrativa humanista, terminaron por abdicar su responsabilidad esencial: garantizar la paz y la vida de los ciudadanos.
Por eso, frente a un cambio de fondo como el que estamos presenciando, no solo es justo reconocerlo, es necesario subrayarlo.
Tras seis años de una política fallida, simbolizada en la errática frase de “abrazos, no balazos”, el país se sumió en una violencia desbordada. Los grupos criminales se expandieron sin contención y sin temor. El Estado pareció claudicar.
En ese contexto, la nueva administración no solo recibió un país herido, sino un desafío monumental: reconstruir la autoridad del gobierno frente al crimen.
La presidenta Sheinbaum ha asumido esa tarea con un doble mérito. Primero, el de romper con el modelo que impulsó su antecesor, un movimiento políticamente arriesgado si se considera que es su heredera política. Y segundo, el de acertar en la elección de quien debía operar ese viraje: Omar García Harfuch.
Con él al frente de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, la política pública ha dejado de ser una simple enunciación de buenas intenciones. Hoy, el combate al crimen organizado se ha vuelto tangible, visible, verificable. Las cifras no mienten y los hechos no se pueden ocultar.
El ejemplo más nítido está en Sinaloa, donde la desactivación de enfrentamientos entre cárteles, que por años mantuvieron a la población en vilo -y que se intensificaron a raíz del “secuestro” de Ismael, “El Mayo” Zambada, para ser entregado al gobierno de Estados Unidos- es una muestra de que la estrategia está funcionando. No es que la violencia haya desaparecido, pero sí ha comenzado a ceder terreno. Y eso, en este país, es ganancia.
Los decomisos de droga —que durante años brillaron por su ausencia— son ahora frecuentes y contundentes. No es un logro menor. Representa la recuperación progresiva del control territorial por parte del Estado, y la señal de que los cárteles ya no operan con la misma libertad de antes.
Claro está, falta mucho. La pacificación del país sigue siendo una meta lejana, pero al menos hoy se camina en la dirección correcta. Y eso, por sí solo, representa una diferencia abismal respecto al pasado inmediato.
Que este cambio no se detenga. Porque en México, cambiar ya no es solo una opción: es una urgencia vital. Cambiar para vivir.
ASÍ ANDAN LAS COSAS.