abril 2, 2025
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Alicia Caballero Galindo

Corto circuito

marzo 20, 2025 | 53 vistas

Alicia Caballero Galindo

El ambiente se sentía sofocante aquella tarde, me tuve que quedar en la oficina a terminar el balance mensual y la nómina que debía pagarse el fin de semana. De mala gana, Marisa aceptó auxiliarme con la captura e impresión de los cheques. La situación era tensa porque sostuvimos una buena relación de pareja que unos días atrás se había roto, la amo y ella lo sabía, pero nos separamos por una tontería, ella deseaba casarse y yo pensaba que debíamos esperar un poco; ella interpretó mi negativa como desamor y un buen día se mudó al apartamento de su mejor amiga. Por lo tanto, esa tarde fue difícil trabajar juntos con una barrera aparentemente infranqueable entre los dos. Intenté romperla varias veces y dialogar, pero ella estaba tan resentida conmigo que no lo permitía. Lo único que se escuchaba en la oficina donde trabajábamos era el sonido de la impresora, el teclear de las computadoras y los diálogos cortantes y fríos relativos a nuestro trabajo, la situación era desagradable porque en realidad nos amábamos. Nos faltaba como una hora para terminar el trabajo, cuando por la ventana observamos negros nubarrones que anunciaban lluvia, sin embargo, continuamos con nuestra tarea, de pronto se empezaron a observar fuertes relámpagos y de inmediato los truenos, el techo de nubes estaba bajo y el bochorno en aumento indicando que en pocos momentos se desencadenaría una fuerte tormenta.

—Debemos apurarnos Marisa, pronto tendremos encima un fuerte chubasco.

Trabajábamos en computadoras conectadas a una misma red, de tal forma que compartíamos la información y pudimos apresurarnos antes que se desatara la tormenta eléctrica. Todo marchaba bien y estábamos a punto de terminar cuando percibimos un fuerte destello, era un rayo que había caído sobre el transformador y las dos máquinas recibieron una fuerte descarga. Todo fue tan rápido que no alcanzamos a reaccionar, de pronto sentí un estremecimiento y después ¡nada! Me perdí en el abismo de la inconsciencia, no supe cuánto tiempo permanecí así, pero de pronto desperté, me levanté, pero estaba en un sitio desconocido, no era la oficina, era una plaza y yo estaba sentado en una banca, me sentía aturdido y desconcertado, ¡no entendía lo que estaba pasando! Recordé el corto circuito y la descarga que recibí ¡pero era todo!, ¿cómo llegué?, ¡quién sabe!, escuché murmullo de voces y risas que se acercaban y descubrí un auto que se detenía en la iglesia que estaba enfrente, al ver a la novia bajarse, ¡me quedé paralizado! ¡Era Marisa!, se veía feliz y sonriente tendiendo la mano al novio que ¡evidentemente no era yo!, me sentí desesperado no podía ver la cara de ese sujeto, sacudí la cabeza y froté mis ojos, ¿qué estaba pasando?, ¡no entiendo! En ese momento, Marisa se retiró del novio, se acercó hasta donde yo estaba, al caminar su gesto era melancólico, tomó un botón de una Magnolia que estaba en flor y se la llevó a los labios y una lágrima rodó por su mejilla, casualmente recordó que era nuestra flor preferida. ¿Por qué me abandonaste, Adán? Yo le gritaba con todas las fuerzas de mi alma que ahí estaba, pero ella ¡no me veía ni me escuchaba! ¿Qué estaba pasando?  Marisa, sin reparar en mis gritos y mis aspavientos, limpió las dos lágrimas que rodaron por sus mejillas y con una expresión sonriente de nuevo marchó al encuentro de aquel hombre que la esperaba y pude verlos de espaldas marchando hacia la iglesia. Las campanas sonaban y sonaban alegremente anunciando una boda y el sol de aquella radiante tarde perfilaba con un halo dorado las figuras de los novios entrando a la iglesia. Corrí tras ella llamándola, era inútil no me podían ver, no me escuchaban y la multitud reía, reía. ¿Cómo pude permitir que esto pasara?, ¡yo la amo y no me escucha! ¡no me puede ver! ¡se va a casar con otro! ¡noooooooo! Mi desesperación fue tan grande que de nuevo caí sin saber cómo, en la oscuridad más profunda.

—¡Adán! ¡Adán!¡Despierta, por favor!

Sentí unos suaves golpes en mi rostro y escuchaba una voz lejana, ¡la voz de Marisa! Lentamente abrí los ojos y miré la angustia reflejada en su rostro.

¡Por fin despiertas! ¡Pensé que nunca volvería a ver tus ojos abiertos y sentí mucho miedo! Cuando la descarga cayó en la red, no tenía mis manos en la computadora, pero me horroricé cuando te vi caer abatido por el corto circuito.

Miré a mi computadora y vi que del CPU salía humo y olía a quemado,

Me senté en el suelo, tomé sus manos, las besé con todo mi amor. Seguramente mi sonrisa debió parecerle estúpida porque me sentía todo atontado, sin embargo, con voz clara y segura, le dije:

—¿Te quieres casar conmigo?

Nos abrazamos, nos besamos bajo el sonido de la mansa lluvia que golpeteaba las ventanas.

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