abril 4, 2025
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Josefina Guzmán Acuña

El largo camino de la sororidad

marzo 12, 2025 | 351 vistas

Josefina Guzmán Acuña

 

Nada define más el movimiento feminista contemporáneo como el concepto de sororidad. Acuñado por Kate Millett en la década de los setentas como “sisterhood” y retomado en el español como sororidad por la gran Marcela Lagarde y de los Ríos. La sororidad es definida como la relación paritaria entre las mujeres, es una alianza entre nosotras que nos permite a construir relaciones positivas para contribuir a la eliminación social de las formas de opresión, construyendo un empoderamiento individual y colectivo que permite encontrarnos como cercanas unas a otras.

Para Lagarde y de los Ríos, la misóginia no es exclusiva de los hombres, las mujeres también lo son cuando anulan, desconocen, desvalorizan, hostilizan, descalifican, agreden, discriminan, explotan y dañan a otras mujeres. Se piensa en ganar esta competencia dañina y creerse superiores a las otras. Pensar en ganar el poder patriarcal explica, por ejemplo, las acciones de aquellas mujeres que colocan mantas o publicaciones para culpar a la otra de la infidelidad de sus parejas.

La sororidad dice, Marcela Lagarde, tiene una dimensión ética, política y social pero además una práctica fundamental en el feminismo. La sororidad rompe con la concepción patriarcal de que las mujeres somos enemigas y que aliarnos es malo o peligroso. A lo largo de nuestras vidas, las mujeres transitamos por una competencia sin fundamento con la otra; se nos enseña a descalificarnos y dañarnos unas a otras. Estas ideas plantadas desde niñas, nos va llenando de inseguridades sobre nosotras mismas y sobre nuestras capacidades. Nos cuesta trabajo reconocer a la otra, aceptar nuestras diferencias, pero asumirnos como iguales. “Nada más dramático para las mujeres que ser sometidas a misoginia por las pares de género, por las semenjantes” (Lagarde, 1989).

Y es que, aunque el concepto cada vez más popular y se conoce sobre el tema, llevarlo a la práctica sigue siendo un tema pendiente. Las mujeres se siguen sientiéndose más cómodas cuando pelean por espacios con otras, cuando quieren demostrar su poder aplastando a la otra. Cuando ejercen liderazgos muy misóginos y patriarcales. Muchas de las conversaciones femeninas versan generalmente sobre las otras y no de manera positiva.  Y sigue costando mucho reconocer a la otra.  Yo misma al cabo de los últimos años, he sido agredida por mujeres; mis principales detractoras públicas y privadas son mujeres.

La sororidad no trata de que todas seamos amigas, ni de que nos tomemos de las manos y nos amemos mutuamente, si no simplemente que nos respetemos. Que nos alegremos de los logros de todas, por que cada que una llega, se abren puertas para que lleguen más mujeres y se ganan espacios femenimos. Reconocernos en la otra, con su historia quizás muy distinta a la mía, pero mujer como yo, que ha transitado con caminos similares y que, aunque parece que somos muy distintas en el fondo somos muy iguales.

Marcela Lagarde hace unas preguntas que me parecen fundamentales para entendernos como mujeres que dicen así: ¿Qué sería de nosotras sin nuestras amigas? ¿Qué sería de las mujeres sin el amor de las mujeres?

Estas preguntas nos hacen visualizar lo importante que son las amigas para nosotras. Nos queda un largo camino para la sororidad, pero estamos rodeadas de amigas y mujeres maravillosas, que siempre están dispuestas a jugársela contigo, las que se alegran de tus triunfos, que son refugio seguro y red de apoyo fundamental en momentos de crisis.  Sólo lograremos cambiar el mundo cuando fortalezcamos estas alianzas y cuando se entienda que el feminismo no es vestirse de morado ni asistir a eventos conmemorativos, sino respetar y valorar a todas las mujeres por igual.

 

 

 

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