Alicia Caballero Galindo
Doña Mercedes de la Rosa, virtuosa mujer, madre de cinco hijos varones a los que formó como “Dios manda”. Educados en el temor a Dios como buenos cristianos, además, era una esposa ejemplar de principios del siglo pasado; atenta a las rígidas reglas de obediencia y sometimiento al esposo… y más. Un buen día, amaneció en su cama más tiesa que un pan duro, murió mientras dormía y ni siquiera se dio cuenta de la hora en que pasó de la vida terrenal a la otra dimensión.
No hubo nada de túnel de luz ni cosas por el estilo, simplemente abrió los ojos y despertó en un ambiente extraño e irreconocible. Era transportada por un camino desconocido en un vehículo que, en lugar de rodar, se deslizaba sobre… sobre algo indefinible. Veía paisajes surrealistas. Preguntó que a dónde iban, pero no obtuvo respuesta porque no se veía nadie, conductor. Llegó a un lugar donde el camino se bifurcaba, por un camino, transitaban vehículos distintos: unos eran elegantes y al parecer cómodos, con asientos como de espuma o nubes de algodón, y, otros eran rústicos, con asientos de madera dura y bastante feos, éstos eran conducidos por una sombra, ¡sí, una sombra! Sin rostro.
Al llegar a ese punto, el vehículo en que viajaba se esfumó y se quedó flotando en la nada, era curioso, le divertía la experiencia, no sentía nada, no le dolían los juanetes ni la rabadilla y podía erguirse, ¡era maravilloso! A sus años, más de noventa, eso era un privilegio. El lugar era una romería porque llegaban y salían carruajes por ambos caminos transportando gente y debía hacer fila para abordar alguno transporte. Ella se formó donde salían los carruajes más cómodos y bonitos, pero una fuerza extraña la jaló y se vio sentada en el carromato de madera de asientos duros e incómodos para emprender la marcha por un camino lleno de irregularidades que la mantenían rebotando en cada brinco y sentía que estaba perdiendo la línea de su trasero de tanto rebotar. El camino parecía interminable. A su lado viajaban otras cosas o seres que no distinguía, pero no eran amigables. Descubrió que del cuello les colgaba una especie de cordón con un tubo que contenía algo que ella no sabía. Por momentos pensaba: “Estoy soñando muy feo y ya quiero despertar,” pero seguía en las mismas. La sombra que conducía aquel incómodo vehículo, irradiaba humo y olía muy mal. Eso la inquietaba, ella era fanática de la limpieza. Después de recorrer por largo tiempo un camino horrible cuesta abajo, llegaron a un portal de fuego que despedía un olor nauseabundo e inaguantable. La sombra arrancó del cuello de Mercedes el tubo, lo introdujo por un orificio que tenía la medida exacta y de inmediato se lo regresaron y se escuchó una voz infernal que decía:
—¡Te equivocaste, animal! Ella no es de aquí. ¿Cómo pudo ser eso?
La sombra contestó:
— No acostumbro a regresar con carga. Que se quede. El que llega hasta aquí no tiene regreso.
Después de ese extraño diálogo que Mercedes no entendió, la sombra, el carromato y todo, desaparecieron, sólo escuchaba la voz del otro lado del portal que pronunciaba palabras groseras. Mercedes se vio de pronto en una salita pequeña con una banca de madera corrida junto a una pared de ladrillo, y se sentó. Era una mujer paciente y estaba acostumbrada a obedecer, esperó en silencio y empezó a hacer memoria: comprendió que estaba muerta y se encontraba incursionando en otra dimensión, ignoraba que donde estaba podían leer sus pensamientos y en ese momento pensó: “Seguro es el purgatorio, debo expiar mis pecados, rezaré mientras espero mi destino, menos mal que ya no tenderé camas, eso en verdad ¡lo abomino!” En ese instante se prendió una luz roja, desapareció como por arte de magia el cuarto, se escuchó una carcajada diabólica y desagradable. Mercedes se vio ante una habitación a la que no se le veía fin ni principio y una fuerza extraña le ordenó:
—De aquí en adelante, ¡tenderás camas para siempreeee! Estás en el infierno y éste es tu castigo.
Mercedes se quedó perpleja y entendió muchas cosas, alguien se equivocó y la mandaron a un lugar que no era para ella, pero no había regreso. Por un error estaba en el infierno y tendería camas por toda la eternidad. ¡No era posible! Después de un momento de miedo y desesperación que eran alimentados por las fuerzas del inframundo donde potencializan lo malo y tratan de borrar lo bueno, su lado virtuoso se abrió paso en las tinieblas ya que estaba ahí por un error de cálculo y su alma era incorruptible, se calmó y pensó positivamente:
“Debo tener una importante misión que cumplir, necesito calma y fe”.
Sin más, una fuerza la impulsó a empezar con la interminable tarea de tender camas, que inmediatamente eran desarregladas y había que repetir la acción. El dolor de rabadilla volvió e inició su dolorosa tarea. Descubrió a otros seres que hacían lo mismo que ella, tender camas, pero los veía desde lejos porque estaban llenos de odio y coraje y era casi imposible acercarse a ellos. En ese momento, su alma positiva pensó: “Creo que mi misión aquí no es tender camas, va más allá de esa simpleza, debo salvar de este infierno a los que aún tengan alguna posibilidad de ser rescatados.”
Con ese pensamiento, empezó una lucha titánica con todo en contra. El infierno está preparado para recibir odio y alimentar sus llamas secretas con ese sentimiento de sus inquilinos, por eso, los demonios se horrorizaron al ver un foco de peligro para su trabajo con la fuerza de la fe que asistía a Mercedes y ésta, cada vez más fuerte, definía su misión en aquel horroroso lugar. Poco a poco logró comunicarse con algunos de los espíritus en pena y empezó su tarea. Los demonios encargados de ese castigo discutían:
—Nunca debió entrar a nuestro reino, lo viene a contaminar. Todo marchaba bien hasta que esa peligrosa mujer llegó, ¿quién la dejó entrar?
En ese momento, recibieron una llamada desde el centro mismo del infierno; salían llamas por el auricular rojo:
—La temperatura en mi habitación baja y baja, algo está pasando que se les está saliendo de control. ¡qué es! El frío empieza a matar mis llamas. Eso no debe pasar.
Después de escuchar esa llamada de los altos mandos, se hizo un silencio de miedo, los demonios, llegaron a la conclusión que nunca debieron dejar entrar a esa mujer y ordenaron que de inmediato fuera deportada, no debía permanecer en el infierno porque contaminaba su labor. Consultaron con el “jefe” quien después de una pataleta fenomenal ordenó que de inmediato se fuera porque era peligrosa. Se hicieron los trámites correspondientes con la mayor rapidez posible pero las cosas se complicaron porque había convencido a más de uno que hicieran con agrado la tarea y eso provocó pánico generalizado en el inframundo. Y ahora debían regresar a más de un alma.
Cuando llegó la sombra que la había traído por equivocación, después de una tremenda pe”$%&iza la tuvo que regresar al entronque de caminos, pero esta vez transportó a más de un pasajero de regreso. Eso era inusual, vergonzoso y terrible: ellos nunca regresaban nada y por primera vez, se presentaba un caso así.
La sombra los dejó en el entronque de caminos y esta vez, tomaron el transporte correcto.
El infierno perdió más de un alma y la Gloria de Dios, se fortaleció.
Mercedes se ganó, con su hazaña, un lugar de honor y entró triunfante al Reino de los Cielos acompañada de las almas rescatadas, y Satanás aprendió que, contra la fe y el amor de los mortales, siempre llevará las de perder.
Mercedes comprobó que aún en el mismísimo infierno se puede salir adelante apoyándose en el amor, la paciencia y la fe.