“La Habana puede ser todo eso: una ciudad mágica, cruel, sensual, agobiante, hermosa y fea, alegre y triste… una ciudad que, a veces, puede convertirse en una trampa”, escribe Leonardo Padura en ‘Ir a La Habana’. Esta frase resume, sin adornos, la complejidad emocional y cultural que atraviesa su libro. No es solo una colección de crónicas sobre una ciudad, sino una radiografía íntima de lo que significa vivir, recordar y pensar en La Habana desde dentro y desde fuera.
Padura no necesita evocar la nostalgia ni vender una postal romántica. Lo que ofrece es una visión honesta y contradictoria de la capital cubana. Su mirada es la de un habanero que ama profundamente su ciudad, pero no se deja engañar por sus mitos. Es el cronista que sabe que La Habana no se entiende con facilidad, que exige paciencia, memoria y una dosis de resignación.
Culturalmente, ‘Ir a La Habana’ es un ejercicio de memoria colectiva. Padura recorre calles, revive olores, menciona nombres y sitios que forman parte del imaginario habanero. No es difícil ver en muchos de ellos el embrión de los casos del detective Mario Conde o el pasado evocado en tantas de sus novelas, que nos hace vivir la ciudad y viajar en el tiempo.
Pero lo hace sin idealizar, consciente de las fracturas que han dejado el paso del tiempo, la política y la emigración. En sus textos, La Habana no es solo geografía: es símbolo. Representa lo que fue Cuba y lo que todavía se resiste a ser. La ciudad se convierte en escenario y protagonista de una historia mayor, la de un país suspendido entre el pasado revolucionario y un presente incierto.
Uno de los aciertos del libro es cómo el autor logra conectar lo cotidiano con lo universal. El calor agobiante, la falta de agua, el deterioro de los edificios, la burocracia absurda… Todo eso, aunque podría parecer anecdótico o local, se convierte en metáfora de una sociedad que sobrevive a fuerza de ingenio y terquedad. Padura no escribe desde la queja, sino desde la observación aguda, y ahí está su fuerza.
Además, la Habana de Padura no es solo un espacio físico, sino también cultural. Aparecen la música, el béisbol, la literatura, los cafés, la conversación callejera y los silencios. Todo eso es cultura viva, aunque muchas veces invisible para aquellos que observan desde fuera. En sus crónicas, hay referencias cruzadas a Lezama Lima, Benny Moré, Bola de Nieve, a los personajes marginales que también construyen la ciudad. Esa riqueza cultural, mezclada con el desencanto, genera una visión con múltiples perspectivas que esquiva tanto el panfleto como la condena fácil.
Ir a La Habana no busca convencer ni embellecer, sino comprender. Padura nos invita a mirar la ciudad con ojos abiertos, a entenderla en su contradicción constante. Es un libro que más que responder preguntas, las siembra. Y eso lo convierte en una lectura necesaria para quienes quieren pensar la cultura cubana desde sus entrañas, no desde los clichés.
Porque al final, como Padura deja entrever, La Habana no se explica. Se vive. Se sufre. Y a veces, también, se escribe.