Ángel Lara Martínez
Hace algunos años, cuando los hermanos: Pepé, Ángel y Benito trabajaban y vivían en El palmito, un rancho henequenero y ganadero ubicado muy cerca de Ciudad Victoria; se preparaban para los festejos de diciembre, llegó el 24 y muy ajustadas a lo que había, las mujeres preparaban desde temprano la comida, eran tiempos difíciles, así que las condiciones eran muy precarias.
Con mucho ánimo, característico de Ángel, tomó el 30.30, un precioso rifle clásico de campo y con el último cartucho que había, invitó a Benito, tráete el .22 y vamos a los venados, le dijo.
Éste sin dudarlo se incorporó, enfundó su navaja al cinto, colgó el rifle en su hombro y cruzaron la carretera. Caminaron rumbo al norte y muy dentro del rancho, Benito le dijo: espérame tantito, voy a cortar las pitas para amarrar las patas del venado, su hermano sonrió con un gesto de alegría, a ambos se les notaba que disfrutaban la cacería.
En plena tardeada por el monte, platicaban en voz baja, se miraban y caminaban sigilosos, despacio pero muy alertas. No me lo van a creer, dicen que caminaron unos metros más adelante de un tenazal que era su referencia, el sol ya casi se ocultaba cuando “aquel” (así se dirigía a Ángel, cuando platicaba de él) puso una rodilla en el suelo, apuntando rumbo a un callejón del henequén, tomó aire, después de unos segundos de silencio, se escuchó un estruendo certero; Benito no lo podía creer, cerca de cien metros de distancia estaba el banquete para la cena de toda la familia.
Habían cazado un venado de seis puntas, hasta donde llegó feliz, corriendo y soltando las hojas de la cintura, rajó inmediatamente las pitas y le amarró las patas al venado, ya casi a punto de obscurecer con una vara de tenaza entre los dos cargaron tan deseada pieza por una vereda, hasta que decidieron colgarlo en un mezquite, regresaron al rancho por el caballo mascarillo y un burro para montarse y regresar por él, avisaron a la familia presente: ahorita regresamos, tenemos un venado amarrado y se rieron.
Cada noche buena, recordamos esta historia en el rancho; la verdad, hemos disfrutado mucho las enseñanzas de nuestros tíos y de Mi padre, Benito, ese que cortó las pitas para amarrar las patas del venado.
Felices fiestas.