“Desde hace algunos años, descubrí una propensión inconsciente a incluir en mi agenda de lectura un número cada vez mayor de libros y autores que pueden caracterizarse como alegres, es decir, que sin caer en la ingenuidad o la receta inyectan optimismo, aliento y ánimo.” Quien así habla es el escritor Armando González Torres, y lo hace a manera de pórtico en su obra Libros alegres (El Tapiz del Unicornio, 2024). Hay ciertas lecturas que, por su efecto lenitivo, son particularmente necesarias en esta hora; y es que, si bien abundan los libros apocalípticos, que poco o nada esperan del género humano, también los hay esperanzadores y optimistas, reconfortantes y balsámicos. Son libros que mucho se agradecen en sociedades como la nuestra, atenazadas por la tristeza y convulsionadas por el envenenamiento de la vida pública. Son precisamente estos, los glosados en el volumen que ahora nos ocupa. Aunque se considera un lector omnívoro, en esta ocasión González Torres hace una criba de sus textos publicados en Laberinto, el suplemento cultural de Milenio diario, con la finalidad de conformar en Libros alegres, una suerte de prontuario de sus hallazgos tónicos.
Sobre los que están, llama poderosamente la atención la ingente nómina de los citados. Mucho se agradece el que se nos presente a escritores de los que poco o nada se habla entre nosotros. Por citar un par, es el caso del húngaro Belá Hamvas autor de Filosofía del vino, quien, en una época del puritanismo militante en la Hungría comunista, se atrevió a revindicar los placeres de la vida; y el del sociólogo francés David Le Breton y su seductora contribución al arte de caminar. Sobre los que no figuran, se puede reparar la atención en la no inclusión de ningún autor mexicano en la selección. Se podría pensar, por ejemplo, en las joviales enseñanzas de don Alfonso Reyes vertidas en su Cartilla moral; en ciertos poemas de Carlos Pellicer (aquellos en los que a juicio de Gabriel Zaid le pone casa a la alegría); sin embargo, ya en el pasado nuestro autor se ha detenido en el estudio de relevantes protagonistas de la literatura mexicana.
Entre los autores abordados hay también nombres que nos resultan familiares y a los que uno no se cansa de volver; son los casos, entre otros, de Montaigne, Charles Dickens, Samuel Johson, G. K. Chesterton, Francois La Rochefoucauld, por citar sólo a algunos. En todos los casos, Armando González Torres hace gala de erudición y fina prosa.
Aporto, sobre el tema, un par de experiencias. Borges nos previno: “…si hay un libro tedioso para ustedes, no lo lean; ese libro no ha sido escrito para ustedes. La lectura debe ser una de las formas de la felicidad, de modo que yo aconsejaría a esos posibles lectores de mi testamento —que no pienso escribir—, yo les aconsejaría que leyeran mucho, que no se dejaran asustar por la reputación de los autores, que sigan buscando una felicidad personal, un goce personal. Es el único modo de leer.” También he de citar a Quevedo, a quien debo un par de versos, a manera de talismán, contra los reveses de la fortuna: “… nada me desengaña;/ el mundo me ha hechizado”. Finalmente, para los no avezados a leer entre líneas, recomiendo, con urgencia, la lectura de Libros alegres.