Alicia Caballero Galindo
Hay un cómico inglés muy popular por sus caras y gestos ridículos que no necesita hablar para hacernos reír, Mister Bean, en uno de los capítulos, al festejar la Navidad y estar más solo que una ostra, se mandó a sí mismo una tarjeta y se alegró al recibirla por correo porque fue la única. Éste es un síndrome común a muchos ciudadanos del planeta y la acción del cómico satiriza la cruda realidad. Leí en el periódico, que una niña de doce años se colgó en el barandal de la escalera de su casa, porque le habían impuesto como castigo, quitarle su celular, sin él se sintió aislada. Así lo manifestó en una nota póstuma.
A pesar de la globalización que pone una noticia al instante en los cinco continentes, la intercomunicación entre los seres humanos es cada vez menor.
Hoy me dispongo a escribir una carta a mí misma
Querida yo misma:
Dejo la pluma un momento y pienso
¡Qué ridícula me escucho al escribir esto! Pero… reflexionando, creo que no lo soy tanto, porque quien no se ama, jamás será capaz de amar, por lo tanto, debo saber desdoblarme y verme desde afuera, aprender a ser mi mejor amiga y como tal, criticarme positivamente. Las amigas se critican para ayudar y no para destruir la moral. Debo saber perdonar mis debilidades y aconsejarme para superarlas.
A veces me deprimo, pero antes de caer, me detengo para descubrir que mi mayor enemiga, soy yo misma. Entonces, me veo con amor y si descubro que mis rodillas no lucen, sencillamente, me las cubro bellamente sin perder glamour. De la forma más sencilla me digo:
“La belleza se proyecta de adentro hacia afuera, somos un diamante pulido lleno de facetas deslumbrantes, si alguna pierde brillo, pues coloca al sol otra cuyos destellos, eclipsen, ¡es todo!
Tomo mi pluma de nuevo y escribo, en estos casos la computadora sale sobrando, necesito sentir una pluma en mis manos y deslizarla por el papel, garrapateando aquella escritura cursiva que aprendí en el banquillo cuando estaba en la escuela.
Prosigo:
Hoy te cuento que estoy entendiendo algunas cosas que escuchaba y no daba crédito a ellas, recuerdo a mi abuela y en ocasiones a mi madre también, que decían; —“Con los años nos volvemos transparentes y ya no ocupamos el mismo espacio, los jóvenes crecen y quieren vivir su propia experiencia, las opiniones de los mayores están pasadas de moda porque son de otro tiempo, es necesario, aprender a ver, oír y callar…”
Pienso que no es tarea fácil porque en nuestro eterno empeño de ayudar, servir, compartir experiencias, se expresa lo que no quieren escuchar los demás. Es inquietante tener la experiencia que puede ayudar tanto, y no es escuchada, pero… también es cierto que nadie experimenta en cabeza ajena. En mi momento aprendí a base de golpes intentando experimentar por mí misma. ¿Por qué habría de esperar que las cosas fueran distintas? Los hijos, como las aves aprenden, maduran en forma natural y elevan su vuelo en el momento preciso.
A veces me deprime esta situación, pero la misma experiencia que regala la vida me permite aprender del pasado y cambiar patrones. ¿Por qué había de ser siempre igual? Ver, oír, callar y volverse transparente. He sido rebelde por naturaleza. El acumular años no hace al ser humano viejo, lo que aniquila es la rutina, el conformismo, la baja autoestima, la inactividad que generan una lenta muerte, pérdida de la capacidad de asombro, del deseo de aprender y de vivir, cacareando, que tiempos pasados fueron mejores. ¡Mentira! El tiempo mejor es el que estamos viviendo hoy y aquí Debemos reencontrarnos con ese otro yo que tiene escondidos mil deseos, y realizarlos.
Dejo de escribir un momento, contemplo satisfecha mi escritura regular, veo y escucho desde mi escritorio, una primavera que canta en el nogal, tengo cinco sentidos si llegara a perder alguno, quedan los demás, a todo podemos adaptarnos si tenemos ganas de vivir, yo estoy viva y ese hecho plantea mil alternativas.
¡No! No voy a permitir que los años me conviertan en un papel transparente que vuele errático bajo el influjo del viento de la vida, ¡estoy viva! Todavía el alma sueña con un beso robado a la orilla del mar y esa rosa roja atada con un listón de terciopelo perfumado, entregada ese día tan especial. ¡Estoy viva! Aún mi corazón palpita al ritmo de las palabras de amor de Benedetti o Neruda. Parada en la cumbre de mí misma, puedo otear al horizonte y disfrutar la aurora en el levante y soñar con el crepúsculo en el poniente cuando el sol se oculta tras los montes bañando de oro y escarlata los cúmulos y nimbos, que lánguidamente se dejan llevar por el viento. Cierro los ojos y siento que la vida fluye en cada célula de mi ser y que yo alimento con esperanza y fe en mí misma y esa sabia filosofía que no me dejará envejecer “cógito, ergo sum” (pienso, luego, existo) y si existo, lo voy a hacer notar por donde camine, sembrando, creciendo y aprendiendo mientras El Creador me conceda el privilegio de tener los ojos abiertos a la vida. Nadie podrá vivir por mi lo vivido, y mi realización está en mis manos. Nadie podrá arrebatarme ese privilegio y no debo permitir a nadie que decida por mí.
Gracias, mí misma, por escucharme en silencio y dejarme escribir, fortalecerme y aprender del silencio, de la vida, del amor a Dios a mí misma y a quienes me rodean.
Atentamente, Yo.