¡Qué maravilla! Fue un milagro que consiguiera este hermoso espacio para instalar mi salón de masajes. Es una casa antigua a la que no puedo hacerle grandes cambios, pero no los necesita, sus paredes de sillar, aún conservan el enjarre original. Sólo quedaron dos cuartos hábiles de la edificación. Era una casona antigua adquirida por un matrimonio alemán con tras hijas, que vino a probar fortuna a México. La fachada conserva las paredes y cuatro balcones a ras de piso que dan a la calle adoquinada, con sus rejas originales terminadas en pico y las puertas centenarias de gruesa madera, que muestran el paso de la historia. Aquí en Querétaro, existen muchas construcciones coloniales. En el caso de ésta que conseguí, las paredes que quedan, de los otros cuartos, muestran indicios de violencia; impactos de balas, golpes con algo pesado, como que intentaron tumbarlas y no lo lograron. Algunos restos de vigas del techo que ya no existe, se ven ennegrecidas por el abandono y la humedad. Nada de eso me importaba, los dos cuartos que me rentaron, estaban intactos, lo único moderno, era el baño, construido a lado de uno de los cuartos. Al abrir la puerta del fondo quedé extasiada, había un patio trasero, con dos higuerones que cubrían gran parte del espacio. Al respirar, sentía el olor a tiempo. Pensé: ¡Cuántas historias podrían contarme estos muros si hablaran! Apoyé la mano en una pared que estaba a medio derrumbar y pasó algo extraño: sentí un viento frío que salía no sé de dónde y vi pasar a una velocidad increíble las nubes oscureciendo el cielo a pesar de ser apenas las once de la mañana.
Como en una película donde todo se puede, de pronto, el espacio cobraba vida; me vi dentro de una habitación femenina y sobre la cama, lloraba desconsoladamente una joven mujer, casi adolescente, volteó a verme al sentir mi presencia, vi unos ojos negrísimos y tristes llenos de lágrimas. La escuché murmurar entre sollozos: “Mi madre no me comprende” Instintivamente, quité mi mano del muro y todo volvió a la normalidad. Fue un impacto brutal, nunca me había pasado una cosa así. Concluí que fue mi imaginación y entré de nuevo al área en que me instalaría.
Sentí una gran nostalgia al recordar que, estaba enamorada de Diego, un imposible, él nunca se fijaría en mí. Precisamente salí huyendo de mi hogar para no verlo de nuevo, se casaría con otra mujer en poco tiempo y no deseaba estar cerca.
En poco tiempo me instalé y conseguí una casa de asistencia sólo para mujeres, a tres cuadras; era también una casa colonial y me asignaron un cuarto frente a la calle, la comida estaba incluida en la renta, hice amistad
con algunas de los huéspedes y empecé a trabajar, en poco tiempo, hice clientela.
No salía mucho al patio, sentía cierto temor por la experiencia vivida.
Una tarde, antes de ponerse el sol, después de terminar los masajes del día, al cerrar la puerta del patio, escuché una voz femenina que me llamaba por mi nombre:
—Eunice, ¿puedes escucharme? Yo sé que sí porque tienes el poder de abrir portales y yo estoy atrapada, ¡tú puedes ayudarme!, busca mi pulsera al pie de balcón de mi recámara, con ella, podré salir del bucle en que estoy atrapada, y liberarme, mi madre me dijo que la había ocultado para que no me fuera, es el único recuerdo que tengo de él. Cuando descubrí el escondite, yo estaba ya en esta dimensión y me es imposible tomarla.
Caminé unos pasos y me apoyé en el muro de aquel cuarto, miré el balcón, y con una vara seca, escarbé en el centro, al pie de balcón y descubrí aquella pulsera. En ese momento, traspasé la barrera del tiempo y me vi en la recámara, donde ella vivía, lavé la pulsera en un lavamanos que estaba en una esquina del cuarto y la dejé sobre el tocador. En ese mismo instante, todo se desvaneció y volvió a la normalidad. No supe si soñé despierta, imaginé, o en verdad pude ver una realidad alterna traspasando la línea del tiempo.
Traté de investigar la historia de esa casa y me enteré que, a la hermana menor de esa familia, nunca le permitieron casarse con el hombre que amaba, debía quedarse a cuidar a sus padres, lo único que guardaba de su amado, era una pulsera de oro que le obsequió en señal de compromiso y nunca se la quitaba, pero un día, mientras dormía, su madre se la escondió y le dijo que, si la encontraba, le permitiría ir a buscarlo. Antes de que eso sucediera, unos forajidos asaltaron la casa cuando ella estaba sola y murió en el ataque sin encontrar su pulsera. Dicen que a veces se aparece pidiendo ayuda para encontrarla. Pero son sólo patrañas de la gente.
Eunice guardó silencio y regresó a la casa de asistencia donde vivía, de nuevo la asaltó la nostalgia al recordar a Diego, seguro ya estaba casado, no quería saber nada, pero su alma estaba llena de dolor. Con ese pensamiento se quedó dormida.
Al día siguiente, aún con la impresión de lo ocurrido, entró a su negocio y sintió en el ambiente un suave aroma de gardenias, inspiraba paz, extrañada, caminó hasta donde se originaba y descubrió que procedía del muro de la que fue su recámara donde encontró una nota:
“Gracias a ti, que encontraste mi pulsera, pude salirme de la casa y reunirme con Hernán, rompiste el vínculo que me mantenía en el limbo. Ahora soy libre y estoy con él para siempre. Lucha por lo que amas. Tal vez, algún día, podamos encontrarnos de nuevo así es la vida.”
Sentí alegría por ella, pero me invadió la nostalgia por mi amor imposible.
Después de unos días, de aquel encuentro, recibí en forma inesperada la visita de Diego, mi corazón se inquietó e instintivamente, miré su dedo
anular, sin sortija de matrimonio. Me explicó que no pudo casarse porque estaba enamorado de mí, y nadie podía ocupar en su corazón ese lugar, armándose de valor, se atrevió a buscarme.
Desde ese día han pasado ya dos meses, esta tarde, me propuso matrimonio y en lugar de un anillo, llevaba en un estuche la pulsera de oro de ella. Sólo me dijo que la había encontrado en una casa de antigüedades de ahí mismo, era una pieza muy valiosa, que de inmediato supo que era para mí. Al ponerla en mi muñeca, la medida era exacta