Los pequeños trogloditas

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Pérez Ávila.
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El Contador Tárrega

Cuando cursaba la preparatoria, llegó una prima a vivir en casa de mi abuelita, quien vivía a tres cuadras de nuestra casa. Estuvo casi un año, mientras arreglaba algunos asuntos legales para su traslado a Chicago, donde trabajaba su esposo.

Traía consigo a sus pequeños hijos: Micky, de seis años, Blanquita, de cinco y Ponchito, de uno. Al poco tiempo de convivir con ellos los bauticé como “los pequeños trogloditas mutantes”. Pequeños, porque lo eran. Trogloditas, porque ah, cómo tragaban los condenados. Y mutantes, porque eventualmente tenían la capacidad de transformarse en un cadillo en el…pie para darme lata.

Ponchito era el más inofensivo. La verdad, me caía bien el chamaco, y creo que yo a él también. Cuando llegaba yo a casa de mi abuelita, se ponía bien “contentillo” y su manera de expresarlo era tirarse de espaldas al piso y levantar las patitas, como que esa era la mayor gracia que podía hacer y me la dedicaba con singular entusiasmo y cariño.

Micky y Blanquita, esos sí que eran una amenaza para mi pacífica existencia. Su madre los inscribió en mi grupo de scouts; teníamos reuniones los sábados en la tarde, y asistencia a misa los domingos en la mañana (9 a.m.). Como que no me cayó muy en gracia tener que cargar con dos “hijos” que me brotaron de la nada, mismos que yo no había pedido y mucho menos había procreado, pero en fin. Un sábado en la noche fui con mis amigos a la feria y regresé ya muy de madrugada, así que dije “mañana no voy a misa, dormiré hasta tarde”. Y me acosté decidido a eso. Me pareció que apenas había empezado a agarrar el sueño sabroso, cuando sentí que alguien me levantaba un párpado y allá, muy lejos, escuché un par de vocecitas cantarinas que decían: “tííooo…tííooo…despieertaaa”. Me había olvidado de mis pequeñas rémoras, pero ahí estaban, listos para ir a misa. Molestísimo, les dije que no dieran lata y me volteé hacia la pared, tapándome la cabeza con la almohada, pero fui un iluso al pensar que me dejarían en paz; me movían el colchón, me quitaban la almohada y demás atrocidades por el estilo. No obstante, el momento de la venganza llegó pronto.

Tenía en mi buró unos chicles de broma que había comprado en la feria. Me dice Micky “tío, ¿nos das un chicle?”. En ese momento, hagan de cuenta que se me dibujó en el rostro la sonrisa del Grinch, y una risotada malévola retumbó en mi cabeza. Les dije “claro que sí hijitos, agarre cada quien uno”. Intenté recuperar el sueño, pero pocos minutos después estaban mis “cadillitos” mascando el chicle y haciendo con la boca el típico sonido de cuando está uno bien enchilado (ssss…haaaa…ssss…haaaa…). Me dice Micky sudando “tío, estos chicles están bien chilosos”. Con el remordimiento de conciencia que me dio se me terminó de espantar el sueño y ya mejor me levanté, considerando la posibilidad de ir a misa a confesarme (“Acúsome, padre, de haber enchilado a mis sobrinitos…pero si tú los conocieras, te aseguro que harías lo mismo”).

Ahora bien, todo lo que he dicho sobre considerarlos una amenaza o una calamidad ha sido en son de broma, porque la verdad es que me encariñé horrores con esos chiquillos y los extrañé encanijadamente cuando se fueron, máxime que no los volví a ver, así que ahora quisiera decirles esto:

Ponchito, con tu risa llena de alegría y tus patitas levantadas, me enseñaste a maravillarme ante el amor puro que Dios nos manda envuelto en la forma de un bebé.

Blanquita, me enseñaste lo fácil que un corazón se derrite ante la ternura de una niña y me hiciste desear tener una que llevara mi sangre. Imagínate mi gozo cuando la vida me bendijo, no con una, sino con dos.

Micky, por ser el más grandecito, eras el blanco preferido de mis bromas, pero me enseñaste el gozo de tener un amigo en cada hijo, y fue lo que intenté hacer cuando llegaron los míos.

Ponchito, Blanquita, Micky, mis pequeños trogloditas mutantes: Lo primero, ya no lo son. Lo segundo, no lo sé. Pero lo tercero, para mí, siempre lo serán, no porque ustedes se transformaran en nada, sino porque me enseñaron a transformar mi forma de ver y amar a los niños. Dios los bendiga donde quiera que estén.

P.D.- Nunca le den chicles picosos a un pequeño, por mucho que los hagan enojar. El remordimiento los perseguirá por muchos días, créanme. (Menos mal que no compré los de purga).

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