Encuentro nocturno

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Alicia Caballero Galindo.
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Alicia Caballero Galindo.-

–¡Apúrate Francisco! Todavía faltan muchas cosas por subir a la camioneta. Voy a darle una última revisada a la lista ¡no sea que nos falte algo indispensable!

–Voy, papá, sólo me falta mi caña de pescar y las municiones de mi rifle.

Todo era ajetreo en aquella casa. Don Luis y sus dos hijos se aprestaban para lanzarse ese fin de semana a Aldama, Tamaulipas, a unos kilómetros de la cabecera municipal los esperaba don Adrián, amigo de la familia, en su rancho. La idea era pasar unos días de cacería, ya tenían sus permisos y abundaba la paloma de ala blanca en esa temporada. A pocas cuadras se preparaban también don Roque, amigo inseparable de don Luis y tres hijos. Sería un fin de semana perfecto. Ir de cacería en familia era ya una tradición para ellos. Los jóvenes, cuyas edades fluctuaban entre los 16 y los 20 años, se llevaban muy bien.

Ya estaban casi listos, lo último que subieron en aquella camioneta con camper que estaba a su máxima capacidad, fue una bolsa de fruta que la mamá de Francisco había llevado a última hora. El sol pronto se ocultaría tras las montañas de Victoria, Capital del Estado de Tamaulipas, lugar desde donde partiría la excursión. Era un viaje relativamente corto, de una hora y media, máximo dos. Se despidieron alzando la mano. A las pocas cuadras se sumó la otra camioneta y salieron de la ciudad con los últimos rayos de luz del día.

Todo era euforia y bromas sobre de la actividad que se avecinaba, el entusiasmo invadía a los cazadores, al dejar las últimas casas de la ciudad, destaparon refrescos abrieron bolsas de frituras para aguantar el hambre. Cenarían en el rancho donde los estaban esperando. En torno a la fogata, comerían y platicarían de sus hazañas.

El trayecto al rancho de don Adrián, que por cierto se llamaba La Escondida, porque estaba entre lomas, se les hizo corto. Ya estaba cerrada la noche cuando entraron al camino de terracería que llevaba a varios lugares de la región. Había ranchos ganaderos, los agostaderos del lugar, producen excelente carne. Después de un rato de caminar se pararon las dos camionetas en plena oscuridad y se bajaron los conductores.

–Oye Roque, hace mucho que no vengo, creo que estoy desorientado ¿cuánto nos faltará para la desviación que da a la casa de Adrián?

Roque, estirándose con placer, se echa hacia adelante el sombrero y bosteza

– Debe estar cerca, compadre, yo creo que no falta mucho, vamos a darle porque ya hace hambre. Me estoy imaginando un elote tierno asado en la lumbre.

–Ni me digas que se me hace agua la boca. Vámonos.

Emprendieron de nuevo la marcha hacia el rancho y después de un rato se encontraron ante dos caminos sin saber cuál elegir, entonces de nuevo se bajan y deciden preguntar para no equivocarse.

–Mira compadre, detrás de aquellas lomas se ve luz; debe ser una casa, ahí preguntaremos qué camino tomar.

Continuaron su marcha y en pocos minutos estaban frente a una casita de paredes de piedra y techo de palma, salía humo por la chimenea, lo que indicaba que estaban cocinando.

Ahí se bajaron también los muchachos para estirar las piernas.

–¡Buenas noches!

Al tocar la puerta saludaron los visitantes. La puerta se abrió y un hombre les preguntó qué deseaban. En el fondo de la vivienda se veía una señora haciendo tortillas frente al fogón y se les hizo agua la boca. Ya tenían hambre. Dos niños salieron riéndose del interior de la casita.

–Oiga amigo, por dónde llego a La Escondida: nos está esperando don Adrián.

–Casi llegan, amigo, en el mezquite aquél, se van a la derecha y ya están ahí.

–¡Gracias!

Se despidieron y se encaminaron a las camionetas. Los niños de la casa los siguieron y tendiendo la mano les decían:

–Denos algo, señor.

Desde la puerta observaba el padre de los niños y los llamaba:

–¡Métanse, ya no molesten a los señores!

–No nos molestan, amigo, lo único que traemos a la mano es esta bolsa de plátanos; con gusto se las damos.

Los niños tomaron la bolsa con una sonrisa, dijeron “gracias” y se perdieron en las sombras de nuevo.

Al poco rato, tal como les dijo el campesino, estaban llegando a La Escondida. Entre bromas y júbilo, durante la cena comentaron en torno a la fogata que estaban perdidos y en la casita del entronque les dijeron cómo llegar. Se hizo un silencio de parte de los anfitriones y don Adrián les dijo muy serio y apesadumbrado que esa casa se había quemado cuatro años atrás y habían muerto todos sus habitantes, fue un acto de venganza. Se hizo un breve silencio y los visitantes sintieron un extraño vacío en la boca del estómago.

Después de un rato de plática y aceptando lo extraño de la situación, decidieron visitar el lugar al día siguiente, por si alguien se había adueñado sin permiso del propietario de aquella vivienda, que era parte del rancho.

En la madrugada salieron a cazar y de regreso, con el sol brillando en todo su esplendor, volvieron a la casita y efectivamente estaba abandonada. Las cenizas en el fogón eran de mucho tiempo atrás, las paredes de piedra estaban ennegrecidas mostrando los estragos de un incendio de hacía años, del techo sólo quedaba la estructura de maderos quemados. Los cazadores estaban enmudecidos por el asombro, no entendían nada. Pero aún resonaban en sus oídos las voces de aquellos niños y el olor de tortillas recién hechas en el fogón. Al caminar por la parte de atrás de aquella casa quemada, encontraron la bolsa de plástico vacía de la noche anterior y había cáscaras de plátano frescas, tiradas junto a la pared.