Yo pecador (II)

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 Eduardo Narváez López

Llegamos el miércoles santo. A las nueve de la mañana las calles estaban llenas de gente animosa. Un auto parlante anunciaba la actuación del cuarteto Los Rufino con el fondo de las melodías Triana morena y Luna de miel en Puerto Rico. Yo estaba anonadado: cómo era posible que en esta ciudad reinara un ambiente carnavalesco, mientras en mi pueblo todo era recogimiento, paz, silencio.

-¿Qué pasa hermano, te ves como engentado con tanto tráfico humano y de vehículos? Nunca habías salido a una ciudad grande como ésta de Tampico-Madero ¿verdad? –me reservé. No estaría bien que saliera con mis sermones de “esto es Sodoma y Gomorra”, “bola de pecadores”, me tacharían de moralino o de mocho escandaloso.

Después de almorzar e instalarnos en un modesto hotel -todos estaban llenos-, tomamos un tranvía que después de media hora llegó a su destino: las playas. Nunca imaginé la inmensidad de mar, no obstante que sabía que las cuatro quintas partes del planeta lo ocupaban las aguas saladas. Me embelesaba el rugido de las olas, el salitre que penetraba mi piel, el horizonte infinito, los barcos a lo lejos. No sabía que de inmediato había profundidad. Cuando ya no sentí el fondo arenoso me llené de pánico, regresé a la playa;  hasta parece que tenía aspas en vez de piernas y brazos. Abundaban las sombrillas, no se podía correr a riesgo de chocar con otras personas. No disminuía la bullanga a pesar del chapopote que se nos adhería a los calzones y al cuerpo. Entre la playa y las palapas había entablados, donde la gente bailaba tropical, rock and roll. Por primera vez a una persona le gustaron mis barros: una señora entrada en los cuarenta, me sacó a bailar.

-Pero… es que no sé bailar señora. No le hace yo te voy a enseñar. La melodía era lenta, se prestaba a bailar pegaditos. Ella repetía “Yo te voy a enseñaaar güerito, yo te voy a enseñaaar” y pegaba su mejilla en la mía y su cuerpo en mi cuerpo y tallaba y tallaba y abrazaba y abrazaba “¡Yo te voy a enseñaaar güerito!… ¡Yo te voy a ahhh hay que hermosas pecas y barritos tienes! Allá en la mesa David, mi amigo, quien de por sí tenía una risa abierta y escandalosa, se desternillaba. Luego la señora quería bailar igual de pegadita la música guapachosa. La gente le decía de cosas a la señora: “Asalta cunas”, “Robachicos“, “Despacio señoraaa, no vaya a asustar al chamaco”. Por fin un señor de su edad me hizo el quite: “Me permites jovencito”, “Señora, yo respondo por el niño”. ¡Ja, ja, ja!, soltó la carcajada aquel mula, clavando su mirada en mi carpa húmeda entre las ingles.

Por la noche Emilio y Miguel se emperifollaron y perfumaron. Deliberaron si era o no conveniente llevarnos a la zona de centros nocturnos donde pensaban ir. Por momentos yo me entusiasmaba con el recuerdo de la señora cuarentona; también pensaba en el recogimiento que me recomendó Arturo. David sólo tenía trece años y medio y ni pintándole bigotes pasaría como mayor de edad.

-Mejor quédense a descansar, mañana vamos a andar muy movidos. Confórmate con bailar en los tablados, chance y te espere mañana tu conquista.

David y yo salimos a dar una vuelta a la plaza. Entramos a la iglesia. Yo musité una especie de oración: “yo pecador, confieso que pequé al no atender las recomendaciones de Mancha, de recogerme a… en la iglesia… y quererme dejar llevar por la… el pecado de la carne.

Los días siguientes no salíamos David y yo de las pistas entabladas y después de bailar con la cuarentona, yo invitaba a bailar a las jovencitas. Llené mi agenda de nombres y teléfonos; di rienda suelta a los llamados hormonales de mi adolescencia y canté feliz “Triana, Triaaana morena, qué buena, qué buena es”.