En el umbral de la muerte (II)

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Eduardo Narváez López
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Eduardo Narváez López

También ahora de grande ligo lo que trató de decirme mi abuela, de cuando las personas agonizan o están a punto de cruzar el umbral entre la vida y la muerte:

Otro amigo, Manolo, fue intervenido del apéndice. La operación fue un éxito. Sólo que quedó muy débil, de por sí es delgado y bajo de estatura. La enfermera le estaba dando su postre, nieve de limón. De pronto se atragantó. Se movilizaron médicos y enfermeras. Lucharon denodadamente para volverlo a la vida. Fue recobrando la conciencia y retornando sus signos vitales a la normalidad. Él cuenta que de pronto se vio en una especie de tobogán que lo llevo hasta un túnel oscuro, desierto, aun cuando el camino era incierto, sin saber adónde lo conducía, él seguía con entusiasmo cuando divisó a lo lejos una luz muy blanca. Se paró frente a ella, de allí provenía una música celestial y percibía una paz acogedora, como invitándolo a que pasara. Estaba a un paso de ingresar, cuando se acordó de que tenía esperando en casa a un nene de dos años. Se volteó a la vez que exclamó: “Hijo, ya vuelvo, ya voy a ti”. Y sintió un fuerte tirón que lo tornó a verse rodeado de hombres y mujeres vestidos de azul turquesa. Sintió un poco de enojo y decepción por haber regresado a la vez que una resignación de seguir viviendo.

Después de relatar a mi padre los comentarios de mi abuelita acerca de la muerte en general, y de la suya que se acercaba. Me sentí aliviado, tranquilo; pero con algunas reticencias:

-Como dijo mi abuelita, es normal que llore, que no pueda evitar el dolor por lo mucho que quise a mi perrito; pero no estoy de acuerdo con lo que dijo de que a cualquier edad nos podíamos morir. Mi Bobby tenía mi edad, tantas aventuras que todavía pudimos vivir juntos. Quisiera morir también.

-No Martincito, no a todos los seres se nos dio vivir el mismo tiempo. Tu perro mediano pudo haber vivido doce años en tanto que los humanos en México podemos vivir en promedio 75 años. Por eso llora tu abuelito cada que se mueren sus amigos, pensando que pronto le llegará a él. Fue mejor que Bobby se fuera un poco antes, hubiera sufrido mucho con su tumor canceroso.

Con el correr del tiempo cumplí dieciocho años. Consideraba que ya debía gozar de libertades. De no andar diciendo a mis padres adónde y con quien saldría a divertirme. En una ocasión mis amigos y yo nos pasamos de copas en un antro. Nuestras carcajadas estruendosas molestaron a otro grupito. Dijeron que nos moderáramos o nos tundirían. Llegué a casa con el ojo moro, la nariz sangrando y con una fractura en el brazo. Mi papá me habló seriamente a la vez que con mucha aflicción, lo que me hizo recapacitar y mejorar mi conducta:

-Hijo, cuando murió tu Bobby te querías morir. Así yo. Si te pasa algo grave me puedo morir de pena y tristeza.

Ahora que estoy grande sigo pensando en aquella luz blanca. Octavio otro amigo que fue doctor dijo que todo eso del túnel, la luz blanca, la música celestial se debe a que el organismo libera endorfinas, sustancias opiáceas para no sentir la muerte o mitigar el dolor enorme que podríamos sufrir. Al respecto le dije que lo dejara así, sin esta explicación, para que cuando estemos en el umbral de la muerte, pensemos en otra vida.

Sin embargo mi terca mente sigue insistiendo en que después de la muerte que era parte de una vida, al perderla ya no sigue nada. No consuela siquiera que ciertos filósofos te digan que no debes temerla, puesto que cuando tú estás, ella no está. Y cuando ella esté, tú no estarás. Pero para que tengas una ilusión, una esperanza de seguir viviendo, se inventaron las religiones que te prometen una nueva vida; que la tendrás según como te hayas portado cuando vivías en la  tierra. Aun así, tienes la gran ventaja de que se te diriman tus pecados: haces cuantas indecencias se te ocurran, delinques cuantas veces quieras, al fin y al cabo el señor cura de la iglesia católica te las perdonará; no importa que el catecismo te advierte del infierno. Además hay un tiempo para vivir y morir. José Saramago plantea en su novela Las intermitencias de la muerte, que existe un país en el que en un momento dado nadie muere, no existe la muerte. Entonces la gente al corroborar que es un hecho la imposibilidad de morir, luce feliz y contenta, todo mundo se regocija; pero no, no hay felicidad completa: en un hogar el abuelo cada vez sufre más con su padecimiento irremediable; desea con toda el alma que la muerte lo salve de seguir sufriendo tormentos mil; no se resigna a seguir con esa vida. La hija se entera que cruzando la frontera con el país vecino, los que estaban a punto de morir, podrán tener de inmediato la muerte, emprende el viaje. Se despiden. Cruzan la línea y muere el viejo, al fin tuvo la paz anhelada.

La señora aquella regresa feliz. Los vecinos la critican con acidez: ¡bruja!, ¡renegada! ¡Que deshacerse de una carga!. Pero pronto se ve que le siguen otros su actuación y proceden de manera semejante. Buena lección: Para todo hay un tiempo en el universo. Hay que vivir con el gran misterio de la vida y la muerte que el gran creador dispuso para nosotros: hay un tiempo para vivir y otro para morir.