El camino al corazón del mar

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Oscar Pineda.
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Oscar Pineda

El año pasado, poco antes de Navidad viví uno de los momentos más hermosos que me haya regalado la vida.

Era una tarde muy agradable, ideal para dar un paseo por la playa, así que decidí ponerme en marcha para tratar de aprovechar lo más posible la luz del sol.

Por lo general realizo estos paseos solo, porque me sirve para acomodar ideas, purgar el alma y conectarme con Dios; pero esta vez invité a mi mamá y a mi hijo menor, quienes aceptaron acompañarme.

Mi madre se mueve con apoyo de una silla de ruedas porque a principios del año pasado perdió su pierna debido a la esclerosis que padece desde hace más de 20 años, así que puse su silla en la cajuela y junto con mi hijo Max nos fuimos al malecón.

Muchas veces, sobre todo cuando mis primos de otra ciudad visitaban a mamá, íbamos a la playa, pero por la condición de mi madre, ella y yo nos quedábamos en el carro, cosa que, les confieso, disfrutábamos mucho más que caminar a la orilla del mar porque platicábamos de todo mientras los demás paseaban.

Sin embargo, esta vez decidimos no quedarnos en el carro como siempre y hacer el recorrido del malecón juntos.

Aquí viene la mejor parte: mi madre sentada en su silla, yo remolcando y mi hijo animándonos, emprendimos el viaje hacia el centro del mar.

El recorrido inicia con la zona de artesanías en donde se puede encontrar desde un collar de conchas de mar hasta un barco de madera en el interior de una botella, todo hecho a mano.

Mientras caminábamos entre los puestos mi madre sonreía feliz como si viajara en el tiempo hasta los días de su niñez y juventud.

Mira esos caracoles de mar, había muchos en la playa cuando yo era niña, me dijo emocionada cual criatura inocente.

A medida que nos internábamos en aquella cordillera asfaltada que llega hasta el corazón del gran océano, mi madre observaba maravillada y todo le parecía nuevo. -Esto no estaba, aquello tampoco- decía apuntando con su dedo los restaurantes que se encuentran al pie del malecón.

Seguimos caminando hasta dejar atrás los restaurantes y el bullicio de los turistas.

A cada paso que avanzábamos la emoción de mi madre crecía; estaba disfrutando de la suave brisa del mar, la cual agradecía a Dios con una voz tenue y apacible.

¡Mira los mapaches! Gritó emocionada -yo tuve una tejona ¿recuerdas? Se parecía un poco a ellos, son muy hermosos, me dijo.

A mitad del malecón me pidió que nos detuviéramos y miró hacia el lado del río Pánuco donde estaban unos pescadores; se quedó un momento en silencio y luego murmuró: Beto nadaba aquí cuando estaba joven y venía a pescar, y nos llevaba pescados a la casa.

Beto es su esposo, con quien ha pasado buenas y malas desde hace más de 30 años; también fue amputado, pero él por la diabetes.

Ojalá él también se animara a venir, pero no quiere, tiene miedo desde que ya no puede caminar, me dijo y por un momento se le borró la sonrisa.

Seguimos caminando y poco a poco el verde turquesa del mar la fue reanimando; así llegamos hasta el faro de luz que anuncia a los marineros que están por llegar a tierra.

Paramos frente de frente al océano y levantó sus brazos al cielo para agradecer a Dios.

Confieso que para ese momento mi corazón estaba apachurrado y mis ojos llenos de lágrimas al ver y sentir la emoción de mi madre.

Nos tomamos de la mano y me apretó tan fuerte como pudo ¿te acuerdas cuánto te gustaba venir cuando eras niño? yo te traía porque disfrutaba mucho ver la sonrisa en tu cara cuando veías las olas romper en el malecón, aunque siempre tuve miedo del mar.

¿Tienes miedo ahora, mamá? No, porque ahora tú me cuidas a mí.

Dedicado a mi madre Martha Alicia, a quien tanto amo y admiro.

POSDATA

Si aún tienen la fortuna de tener a sus padres, cuídenlos, procúrenlos, atiéndanlos, como ellos lo hicieron cuando ustedes eran niños. Dios los bendiga abundantemente