Impulsando a la CELAC

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Héctor F. Saldívar Garza.
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Héctor F. Saldivar Garza

El domingo 12 de junio se llevó a cabo la reunión de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) y a raíz de este acontecimiento me motivé para escribir el presente artículo, en virtud de escuchar en mi entorno múltiples y variados comentarios sobre lo que está sucediendo en nuestra región, y de paso tratar un tanto la situación específica de México y la postura que está manejando el Gobierno federal al respecto; explicando, asimismo, las razones de esta conducta.

Empezamos por señalar que actualmente para un gran sector social no pasa desapercibido el que en México y varias naciones del Continente están en juego dos modelos de desarrollo: Uno denominado neoliberal, que surgió en los años ochenta del siglo 20, y otro que es un tanto diferente para cada país, donde se está actuando con base en la historia que ha construido cada cual, unido a las problemáticas que tienen actualmente consigo.

En el caso de nuestra nación, de acuerdo a la observación personal y datos recuperados hasta el momento, para explicar la situación y se comprenda sin complicaciones el análisis de lo referente, recordaremos por principio que si partimos del movimiento revolucionario de 1910, tendremos que precisar como múltiples las razones por las que se manifestaron millones de personas buscando la inmensa mayoría mejorar su condición de vida, ya que la pobreza era lacerante, principalmente en el campo nacional.

Después de las luchas más encarnizadas que se presentaron y observar entre los fallecidos a la mayoría de los líderes revolucionarios, los demás interesados constituyeron un bloque sólido, uniéndose para en 1929 construir el Nuevo Estado mexicano. Este inició su trabajo estableciendo en su infraestructura un modelo de capitalismo supuestamente acorde a las necesidades prioritarias de la sociedad, sin embargo, el tiempo transcurrió sin acciones realmente significativas al respecto, salvo el régimen de Lázaro Cárdenas del Río, quien estableció algunos proyectos para cumplir con demandas de la población rural, principalmente; de tal manera que al transcurso del tiempo la exigencia de un gran cambio fue manifestándose con energía hasta culminar ese sentimiento al ungirse presidente a Andrés Manuel López Obrador, quien constituyó un proyecto de nación incluyendo varias medidas para solucionar las problemáticas sociales más urgentes, al cual le denominó Cuarta Transformación.

Como era esperado, la oposición a esta iniciativa ha sido férrea, porque en todo el tiempo que los gobiernos postrevolucionarios no aplicaron cambios significativos para que la sociedad avanzara equitativamente, se fue unificando un sector social reducido en torno a sus intereses personales, integrándose a través de políticos y ciudadanos que operaban en la iniciativa privada.

La unidad entre ellos al transcurso de los años se solidificó, de manera que independientemente de los vínculos político económicos establecidos, fueron incorporando relaciones familiares donde el compromiso se acentuó para prácticamente convertirse en indisoluble; sin embargo, el progreso económico logrado no bajó para diseminarse en los estratos sociales de menor nivel de vida, como los gobiernos prometieron inicialmente; además, no se realizó en paralelo a un desarrollo en valores y principios, ya que en lo que sustancialmente se interesaron fue en preparar a las nuevas generaciones para aprender a dar continuidad a lo ya desarrollado, en virtud de lo satisfactorio del confort alcanzado.

Lo indigno del operar de esa elite se incrementó sobremanera cuando las instituciones educativas a donde se incorporaron para prepararse fueron siendo más selectas como la Universidad Harvard, Yale, el Instituto Tecnológico Autónomo de México y otros similares.

El atraco al que estuvo sometida la nación, unido al abandono de los sectores más necesitados, no presentó parangón con lo hasta ese momento  experimentado en países similares al nuestro. En respuesta a lo mencionado, la sociedad en sus niveles medios y bajos empezó a pensar en un nuevo proyecto de nación que le permitiera recuperar un tanto lo perdido de los triunfos obtenidos en la constitución del nuevo Estado y en la época de Cárdenas, por lo que desde los años ochenta del siglo pasado se ha establecido una lucha entre los dos proyectos de nación; el neoliberalismo que inició con Carlos  Salinas de Gortari al frente del gobierno, y el de la izquierda de México, no obstante carecer de una ideología definida sobre la cual sustentarse para poder avanzar sólidamente.

Sin embargo, para el presidente López Obrador el que la situación política del Continente y de nuestro país no se encuentre del todo adecuada para manifestar sus intenciones en dicho ámbito, no ha dudado ni un momento en lanzar sus baterías ideológicas que han impactado fuertemente en gran parte del orbe, lo cual es digno de reconocerse, porque no es posible que siempre estemos en una posición de acatar sin queja todo lo que Estados Unidos propone para su bienestar.

Este accionar presidencial se manifiesta más intenso ahora, porque la lucha que se inició desde hace tiempo contra el neoliberalismo depredador, ahora se está haciendo presente en un sector importante de los países de nuestro continente y alguien tiene que ponerle el punto a las íes, como se expresa en el argot político.

Por otra parte, no consideramos que sea literalmente arriesgado el hablar claro en este tiempo, y nuestro líder nacional tampoco lo realiza impulsivamente, ya que está aplicando una observación periférica y profunda del entorno político latinoamericano e incluso quizá mundial, donde se detecta también que el presidente de Estados Unidos está sometido a una presión fuerte por parte de la derecha recalcitrante de su localidad y tiene que asirse de algo fuerte para mantenerse en equilibrio.

Lo que debe continuar para mejorar la situación es que los grandes capitales inviertan decididamente en la región, porque esto irá paleando el ambiente político económico, abriendo de manera paulatina el arraigamiento de los migrantes en sus localidades de origen, evitándose así que nuestros compatriotas y vecinos de Latinoamérica emigren, intentando conseguir los satisfactores suficientes para disfrutar de una vida digna.